121 – Lecciones democráticas

Las campañas terminaron, las encuestas pronosticaron, las elecciones se celebraron, los votos se contaron, los conteos aproximaron, las actas se escanearon, el PREP sumó: tenemos números casi totales. Sin la certeza legal (todavía), pues nuestro sistema electoral requiere un recuento distrital y la calificación del tribunal.

Como siempre unos celebran, unos se resignan y otros mentan madres. ¿Qué podemos aprender de todo esto?

Las encuestas miden mal

Ya lo había dicho en este espacio: Nuestras casas encuestadoras no miden bien las elecciones. No era deducción producto del sospechosismo: simple observación de la realidad. Si uno compara las predicciones de Mitofsky, por ejemplo, con los números finales en las últimas elecciones, verá que la diferencia es tal, que da igual si un comité técnico diseña la muestra, un ejército de encuestadoras la levanta, y sus profesionales técnicos la tabulan y cuantifican; o si el mismo comité se sienta en una mesa y se inventa los números. Les queda el consuelo de haberle “atinado” al ganador.

Sólo dos encuestas se acercaron al resultado del PREP: Reforma y Demotecnia. El resto sobrestimó al PRI, subestimó a los demás, y se dedicó durante los últimos dos años a hacer gráficos a colores y mesas redondas de sesudos análisis en los medios.

Si los números finales les fallaron por tanta diferencia, podemos perfectamente asumir (y a ver quién los defiende) que todo el tiempo calcularon mal. Desde las especulaciones de 2009 hasta el primero de julio. El gremio entero necesita revisar sus procedimientos.

Las encuestas son propaganda

Si el propósito de una encuesta es anticipar intenciones de voto, y no lo hace bien, entonces se vuelve parte de un discurso que legitima una versión política de la verdad. Un discurso cuyo efecto es muy difícil de medir. ¿Impulsó que unos resignados ya no votaran? ¿Que otros apuraran el voto útil por el candidato equivocado? ¿Que unos más sí votaran para acercar a su gallo? No lo sabremos.

El IFE sabe contar votos

Fallará legislando, monitoreando medios, mediando conflictos, fiscalizando a los partidos y produciendo televisión y debates; pero montar casillas y contar votos: lo hizo muy bien (gracias a miles de mexicanos). El sistema de cómputo, incluyendo las apps para celulares, funcionó perfectamente durante el PREP. A pesar de que muchos enfebrecidos tuiteros insistieran en elucubrar tendencias y variaciones en los datos capturados. La idea de añadir el acceso a todas las actas escaneadas supone un uso eficaz y transparente de la tecnología en busca de la certeza numérica.

La inequidad va antes

El mayor problema de una elección de este tamaño, está en probar si todos esos casos documentados de compra de votos, urnas junto al basurero, boletas repetidas, dinero a los votantes, interferencia gubernamental, etcétera, constituye sumada, una cifra tal para alterar el resultado.

Lo mismo va por la exposición mediática, la televisión y su cuestionable papel en  posicionar a un candidato. La inequidad no en tiempo sino en contenido. El uso de las encuestas como propaganda de un discurso de victoria aplastante que ni el sospechosismo o las marchas pudieron revertir. Los gastos ilegales, el derroche en propaganda. Las formas de persuadir a unos y comprar a otros.

¿Es posible hacer una elección sin estos lastres? No en el México de hoy; y eso no quiere decir que no deba ser la aspiración de una democracia, y que no se deban denunciar y perseguir.

No hay elecciones limpias ni perfectas

El que quiera una elección impoluta y perfecta para aceptar el resultado, necesita terapia de tolerancia a la frustración. No hay nada en este mundo impoluto y perfecto. ¿Por qué lo serían las elecciones? Mucho menos si las llevan a cabo los políticos y los partidos.

Ya lo he dicho: todos los participantes, candidatos o partidos, saben a lo que se atienen, todos juegan sucio, en mayor o menor grado. Si por sucio entendemos no cumplir la ley a cabalidad. El estado de derecho es una ficción.

Las elecciones las ganan las mayorías

Si eres una de esas personas que cree que todos los que te rodean son imbéciles, masoquistas y no saben lo que el país necesita, nunca ganarás una elección. La semana pasada mencionaba la mayor paradoja de la democracia: el voto razonado vale lo mismo que el voto inútil, el desinformado, el impulsivo: el tin-marín. 

De ahí a afirmar que dieciocho y pico millones de personas están equivocadas, y son imbéciles, amnésicos y carecen del mínimo criterio para decidir en donde poner su esperanza y juzgar lo que es bueno y necesario para sus vidas, es ir demasiado lejos.

“La verdad” no es de nadie

Puedo compartir el sentimiento y la molestia por la restauración del PRI, porque recuerdo lo que eran como gobierno, y como Enrique Krauze dijo la noche del domingo, no han hecho nada para mostrar que han cambiado.

Pero todos esos millones de mexicanos (y votaron más que nunca esta vez) creen que ese es el camino. Quince y fracción de millones pensaron en otra alternativa, y poco más de doce en la tercera. Hasta un millón se sedujo con el rollo ciudadano “liberal” de Quadri. La democracia no es el gobierno de los mejores, de los más listos, de los más justos, de los más limpios y decentes. Es el gobierno que elige la mayoría. Aunque no nos guste ni tantito, aunque lo sintamos imposición. Podríamos ir más lejos y afirmar que la democracia es la imposición de la verdad de la mayoría (por eso los derechos de las minorías no se consultan a las mayorías, pero ese es otro tema).

Sobreregular no es la solución

Los que piensan que su opción es la mejor y la más inteligente suelen despreciar las otras. Algunos también, suelen idealizar a las masas, al pueblo mexicano, ese noble pueblo que siempre es víctima de las más atroces conspiraciones y manipulaciones para ser explotado y hundido en la miseria.

Para proteger a ese pueblo incauto e incapaz de ver detrás del discurso de las televisoras y algunos medios, se escriben leyes restrictivas. Leyes para medir la equidad en todos los aspectos en que no sirve medirla, acotar con reglas hasta el último detalle no hace que se cumplan, sean cumplibles o se pueda verificar su cumplimiento. No convierte el proceso en más justo.

Tenemos el gobierno que merecemos

Si piensas que todos esos ciudadanos que votaron PRI o PAN o PRD eligieron por dinero, despensas, programas gubernamentales, logotipos, colores, propaganda, encuestas, caras bonitas, o la razón que sea. Si todos ellos (o muchos de ellos si eres moderado) decidieron vender y corromper su voto, sigue siendo un voto que los define y los representa. Electores corruptos que eligen líderes corruptos: sigue siendo representativo.

No lo digo (en lo absoluto) para justificar esas prácticas. La vieja historia del pobre pueblo de débiles mentales que fueron manipulados por Televisa o Milenio o quien quieran y por eso son incapaces de ver la verdad es tan inverosímil como insultante.

¿De verdad creemos ser tan infalibles, como individuos, como fuerzas políticas y como sociedad para juzgar a los demás como incompetentes, vendidos y estúpidos por no pensar como nosotros?

Las redes sociales no ganan elecciones

Las votaciones y sondeos en tuiter arrojaban resultados muy distintos. Las peticiones en Facebook para vetar a Televisa, Coca-Cola, McDonalds(?), Telmex, o escriba aquí: ____________ la organización “súper poderosa” de su preferencia; no llevarán a descarrilar la elección.

Las redes propagan buena información, pero también una cantidad de desinformación pavorosa. Alimentan las teorías de conspiración y las ideas delirantes. Pensemos en esa “fotografía” de CNN que demostraba que los medios mexicanos nos engañaban, donde los porcentajes sumados de los candidatos sumaban 110%. O los tuiteros que sostenían tendencias de triunfo en el PREP cuando llevaba 5% computado. O la foto de urnas junto a un basurero que no demuestra absolutamente nada, excepto un encuadre eficaz para probar un punto.

Las redes como Twitter nos dan la oportunidad de interactuar con personajes que antes estaban, realmente fuera del alcance de nuestras ideas y vituperios. Valernos de ellas para insultar, amenazar de muerte y denostar a Peña Nieto, Angélica Rivera, AMLO, Josefina o al periodista o intelectual culpable de todas nuestras frustraciones, no vuelve a México un mejor país. Ni siquiera sirve como desahogo. Sólo exhibe lo hondo que han penetrado las semillas del odio en nuestra sociedad.

Todo es temporal

Se vale estar descontento, molesto, hasta indignado porque las cosas hayan terminado así. También se vale estar feliz y eufórico. Por lo menos en este corte de caja. Al final, lo que tuiteó Calderón es bastante acertado (nos guste o no como Presidente): en la democracia ni las victorias ni las derrotas son para siempre.

twitter @rgarciamainou

Para El Economista – Arte, ideas y gente del miércoles 4 de julio del 2012 (y el miércoles 11 de julio del 2012) – La versión impresa de esta columna se publicó en dos partes por cuestiones de espacio.

One Reply to “121 – Lecciones democráticas”

  1. Felicidades por esta nota, señor, muy reflexiva y centrada.

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