120 – El voto razonado

Estamos a unos días de que concluya el proceso electoral. Después del domingo, lo que quedará son esos días inciertos en que se califica la elección, y después los meses de “transición” antes del relevo en el gobierno.

Tanto en la prensa como en las redes sociales, analistas, escritores y todo tipo de celebridades han estado dispuestos, como siempre, a decirnos por quién van a votar. Unos como respaldo personal a algún candidato, a su postura partidista o ideológica. Otros, justificando su posición vía argumentos: desde la confianza a los equipos de tal candidato, o al contrario, la desconfianza que les provocan los de los demás: el voto por eliminación. Algunos argumentan lugares comunes, plagiados inadvertidamente de alguno de esos forwards, cadenas de correos electrónicos recalentados de elecciones anteriores.

La lógica de todos es similar al lema que se escucha en los últimos spots de Peña Nieto: tanta gente no puede estar equivocada. Se podría hacer un montaje con marchas de apoyo y rechazo a los tres candidatos principales, y usar el mismo eslogan. Resultaría irónico si tanta gente fuera capaz de entender que tanta gente también piensa distinto que ellos.

Hace unas semanas me preguntaba por qué frente a la presencia de los aspirantes en Tercer Grado, era posible leer en tuiter, sin importar candidato o pregunta, como los acólitos se indignaban con los periodistas por su agresividad y grosería; así como por la tibieza con que trataron a los adversarios. Con el propio siempre eran poco menos que “zafios y vendidos”.

¿Qué impulsa a personas por demás centradas y razonables a dejarse devorar por la pasión electoral hasta la ceguera? Me viene a la mente un tuit que sentenció: “en unos días averiguaremos si vivimos en un país de asnos”. Variante de la propia frase tristemente célebre de AMLO que dejó claro que puede perder la elección: si el país se sume en el “masoquismo colectivo”.

Un querido amigo aportaba que él iba a votar “como toda la gente inteligente del país” por AMLO, muchas otras voces se sumaban a esa sentencia, añadiendo que quién no lo hiciera era: (a) un retrógrada (b) un reaccionario (c) un apologista de la corrupción, la violencia y la desigualdad (d) un títere de la televisión.

Mientras el fervor juvenil anti-EPN recorre las calles de la capital, las encuestas siguen con el priísta a la cabeza. Igualmente descalificadas como propaganda del voto útil o el desencanto, anticipadoras del fraude, o técnicamente fallidas. Me inclino por lo último, pero lo sabremos hasta conocer los resultados.

La teoría de la comunicación que analiza la parcialidad del espectador es bastante recurrida en los análisis. Me refiero a aquella que descarta la efectividad de la propaganda, basada en que siempre tenderemos a reforzar nuestras opiniones, y a ignorar o minimizar los puntos de vista que no coincidan.

Menos conocido es el fenómeno de los medios hostiles(1) (o Hostile Media Effect), que ha sido estudiado desde los años ochenta, aunque hay antecedentes de observaciones desde 1954. Éste describe cómo frente a un mismo mensaje mediático, los seguidores de un grupo o posición tenderán a verlo como hostil hacia su causa; mientras que los que sostienen la postura contraria, también pensarán que la cobertura es hostil hacia la suya.

Los investigadores de la Universidad de Stanford partieron de un experimento de percepción hacia la cobertura de un suceso violento en el medio oriente, contrastando la percepción de grupos pro-israelíes y pro-palestinos. Previamente habían estudiado la campaña presidencial de Carter contra Reagan, donde concluyeron:

“Los defensores de ambos candidatos sintieron que su lado estaba siento brutalmente atacado por los medios, mientras que básicamente se apapachaba al contrario”. Para ellos, era evidente que la postura editorial del medio era opuesta a la suya. Más aún: cuando ambos coincidían en que el medio no favorecía a ninguno, lo calificaban como “injustificadamente” objetivo.

Entre las conclusiones de la investigación se señala que cuando el espectador está involucrado intelectual o emocionalmente con una posición, el efecto se intensifica. También se refuerza la creencia de que cualquier espectador neutral que tuviera acceso a los contenidos sería manipulado en contra suya.

Todo lo anterior sin importar si el medio tiene (o no) una cobertura manipulada o parcial (lo que, sobra decir, también se da).

No se trata de diferencias de opinión frente a un suceso, candidato o propuesta de gobierno. Se trata de una diferencia de percepción, que va desde cómo se ve al candidato y su plataforma, hasta cómo se percibe la realidad nacional.

La mayor paradoja frente a todos los sesudos razonamientos para justificar el propio voto, está en la urna: Un voto pensado, inteligente, reflexionado, donde se contrastaron posiciones, discursos, capacidad del candidato, preparación, facilidad para improvisar o reponerse de un traspiés, imagen pública, congruencia, etcétera; vale lo mismo que un voto de tin-marín, por el guapo, el simpático, la mujer, el de izquierda, derecha, liberal o conservador, el de siempre o el menos-peor, el que me dijo la patrona, el que me regaló la torta o el apoyo al abuelito. Así es la democracia.

Eso lo saben los candidatos. Por eso prometen y asustan, se quejan y señalan, hablan con violencia y paz, son poco concretos y más bien divagan. Tratan de balancear todas las personalidades, los lugares comunes y los gestos fáciles, para ver si son capaces de atinar al que a ti te funciona. Detrás de ello no hay tanta malicia y perversidad como quisieran ver los oponentes, sino puro pragmatismo: así se juega (por lo menos en este país).

¿Por quién votar el próximo domingo? No lo diré aquí. Que nos baste saber que los demás no están equivocados, tontos, se han vuelto asnos o masoquistas. Ninguno es el epítome del mal y la perdición de la nación; como tampoco ninguno ostenta la verdad, la razón, la luz divina o la receta para la paz y prosperidad. No importa si pensarlo así nos reconforta y llena de inflada esperanza frente al porvenir incierto. Apostar las emociones a un triunfo político, es casi siempre una mala apuesta. Ninguno de nuestros políticos es capaz de cargar en sus hombros las esperanzas de tanta gente sin decepcionar amargamente en su gestión. No estaría mal mesurar nuestras expectativas.

(1) El estudio se origina en un reporte de investigación: El fenómeno de los medios hostiles: Percepción parcial y percepciones de parcialidad mediática en la cobertura de la masacre de Beirut, escrita por Vallone, Ross y Lepper en 1985, y publicado por el Journal of Personality and Social Psychology de the American Psychological Association.

twitter @rgarciamainou

Para El Economista, Arte ideas y gente del miércoles 27 de junio del 2012

La versión impresa de este artículo se editó y redujo por cuestiones de espacio.