12 – Si me disculpan

Disculparse está bien, y puede hacerse por dos razones. La primera, porque nos dimos cuenta que actuamos mal y sabemos que reconocerlo y decirlo en voz alta es la mejor manera de asumir nuestra falibilidad humana. Disculparse, cuando se es sincero, ayuda al otro, especialmente si es el agraviado, a verse un poco en nosotros, caer en cuenta que también ha cometido errores y que ese reconocimiento mutuo es un buen punto de partida para dejar el tema atrás.

La segunda razón es cuando no sentimos que actuamos mal (o somos incapaces de considerarlo), pero consideramos que el otro necesita escuchar una disculpa para dejar la fiesta en paz. Podemos realmente haber actuado mal, y no lo reconocemos; o no lo hicimos pero el otro está convencido que sí, y la percepción del otro es tan importante en la relación como la propia, por lo que se extiende la disculpa en son de paz: lamento si te causé daño, no fue mi intención. Una variante que conoce cualquiera que tenga algún tiempo casado.

Disculparse y pedir perdón son cosas muy distintas. En el primer caso es una cortesía elemental, no de civilidad social, sino en las relaciones humanas. En el segundo, lleva implícito que el que recibe las disculpas las acepté y sea capaz de aceptar dejar atrás, olvidar quizá, el tema en cuestión.

Se ha dicho que perdonar es una de las más generosas cualidades humanas, aunque las más de las veces sólo sea una convención, y el agravio no quede realmente olvidado, sino como me dijeron alguna vez, guardado en un “saquito”, almacenado hasta que sea requerido y debidamente alimentado de resentimiento, en fecha futura.

Ante la fe católica, el único verdadero perdón es el que Dios da al arrepentido, ya sea después del ritual confesional, o en la absolución final a la vida.

Cuando uno se disculpa es común valerse de atenuantes. Admitimos que no debimos llegar tarde, pero había mucho tráfico. Reconocemos que levantamos la voz, pero hemos estado muy presionados. Nunca debimos tomar el dinero prestado de la caja, pero el niño estaba enfermo y había que pagar el hospital. Los atenuantes son tanto una manera de dar explicaciones, como de diferir la responsabilidad detrás de la disculpa. No fuimos nosotros, es el tráfico, la presión, la pobreza y la enfermedad, los que deberían juzgarse.

El terrible escándalo que lleva años sacudiendo al clero católico, no es en absoluto novedad. Los abusos sexuales perpetrados por sacerdotes han sido motivo de denuncia desde hace tiempo,  aunque quizá no habían sido tantos ni en tantos sitios como ahora. Quizá por ello, la iglesia decidió que ya no bastaba barrer la suciedad debajo del tapete de bienvenida, negarlo todo, achacarlo a enemigos de la fe, y cambiar las piezas de lugar, como si desterrar al cura pedófilo de Chicago a Tanzania fuera a modificar su comportamiento.

Era hora de disculparse. No, mejor dicho, de pedir perdón.

La semana pasada un vocero de la arquidiócesis mexicana convocó a conferencia de prensa y pidió disculpas por los crímenes (imperdonables) que sus religiosos habían cometido con sus feligreses. Hasta ahí, bien. Dijo que la iglesia no se opondrá a que los culpables sean perseguidos por la justicia civil (como si fuera una opción). Y después vino el lamentable pero. Victor René Rodríguez, y al ser vocero, el Episcopado Mexicano, alegó: La sociedad ha tendido a ser muy liberal en ética sexual y se ha promovido la no prohibición, sino la tolerancia a todo desorden; ahora vemos las consecuencias. O sea: la culpable de la pederastia de los sacerdotes católicos es la sociedad.

Con unas horas de diferencia, el mismo día, el secretario de estado del Vaticano, Tarcisio Bertone, expresó sus disculpas también, para después agregar (sic): Muchos sicólogos, muchos siquiatras, han demostrado que no hay relación entre celibato y pedofilia; pero muchos otros han demostrado, me han dicho recientemente, también,  que hay relación entre homosexualidad y pedofilia. Esta es verdad. Muchos han… lean los documentos de los sicólogos. Entonces este es el problema. ¡Basta!

Que al día siguiente el propio Papa haya tenido que disculparse por las declaraciones de su segundo, nos muestra los alcances de esta espiral de culpa, dolor, peso político y falsa contrición. Volvamos al inicio, en este caso sí es importante que quien se disculpa, sepa que actuó mal…

Para El Economista (Arte e Ideas), miércoles 20 de abril del 2010

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