117 – Anomalías

 

Termina mayo, empieza junio, las campañas entran en el último tercio de su recorrido, los medios se dan vuelo con todo tipo de noticias. Las más sonadas, paradójicamente, fueron generadas por los mismos medios.

Me refiero, por supuesto, a las encuestas. En concreto a la que publicó la semana pasada Reforma. La primera no hecha por la presidencia o un partido político, en poner a Peña Nieto a tiro, esta vez de López Obrador, por primera vez arriba de los 30 puntos.

Mucho se ha dicho sobre esta encuesta, desde llamarla anomalía estadística, hasta cuestionar los procedimientos técnicos que sigue el periódico (lo que hizo Leo Zuckerman en Nexos hace un par de meses).

En muchos países, las encuestas son una forma bastante certera de predecir las preferencias electorales. De hecho no sería descabellado afirmar que en EU, el polling es uno de los pilares del andamiaje democrático, el oráculo para matizar y orientar las campañas, al grado que se le llama poll a la encuesta pero también a la votación. Aquí nos encanta decir (equivocadamente): “la única encuesta válida es el día de la elección”. El día de la elección no hay un muestreo para aproximar su resultado, es el conteo de los votos de todos.

No es secreto que las encuestas hayan demostrado mayor precisión y efectividad en otros países. Sea porque nuestros encuestadores no han encontrado la fórmula, porque sus ejecutores no se atienen a los lineamientos estrictos del muestreo, o porque los mexicanos somos menos homogéneos o más indecisos de lo que quisiéramos admitir; o no nos gusta decir la verdad cuando nos preguntan por quién vamos a votar.

Hace doce años, cuando se celebraba a María de las Heras por haber sido la primera en vaticinar el triunfo de Fox, una de las explicaciones de la encuestadora, si no recuerdo mal, fue que en México la gente solía responder PRI aunque no tuvieran intenciones de votar PRI, fuera para prevenir represalias o quitarse de problemas. De ahí que su algoritmo estadístico disminuía el porcentaje de respuestas positivas del PRI y así se acercó más que nadie al resultado final.

No sorprende que circule por twitter y la campaña de Vázquez Mota, un comparativo de lo que decían las encuestas unos días antes de las elecciones más recientes y su resultado final. Haciendo a un lado la más reciente en el Estado de México, en todas las otras diríamos: no le atinaron.

Me gustaría saber qué tan común es en otros países que una encuesta permanezca inmóvil como la mexicana, con un candidato manteniendo una ventaja sólida e incontestable mientras los demás oscilan un puntito para acá, unas décimas para allá.

En otras democracias, suele considerarse que la fotografía provisional de las preferencias es susceptible de modificarse con una revelación incómoda, una propuesta providencial, un suceso de peligro nacional, o un escándalo. Aquí se habla de candidatos teflón y triunfos blindados.

Lo cierto es que en la relativamente “nueva” democracia mexicana, las encuestas son un ente maleable a las que mucha gente mira, justificadamente o no, con desconfianza. Se publican docenas, con todo tipo de muestreos, casa por casa, con urna, a ciegas, por teléfono, por internet. Sondeos de oficina, de escuela, de carrera universitaria, de lectores, seguidores de tuiter, lo que sea.

Milenio, por ejemplo, hace una encuesta de seguimiento diario. Eso quiere decir que todos los días se diseña una muestra estadística que cumpla con los criterios de representar potencialmente a todos los votantes del país; se despliega un ejército de encuestadores, se recopilan los datos, se procesan y se ofrecen resultados. Y al día siguiente se hace todo de nuevo, con una muestra distinta, etc. Así, toda la campaña.

¿Es posible hacerlo sin perder precisión, aumentar el margen de error, repetir datos y muestreo? ¿Dónde están los documentalistas mexicanos cuando vendría tan bien una mirada detrás de semejante esfuerzo?

Si las encuestas no consiguen predecir el resultado, quizá a lo mejor sí consigan influirlo. O por lo menos tal parece ser la tónica que impulsa la actitud de algunos partidos y candidatos hacia las mismas, o su virulencia frente a los medios que las publican.

Si decimos que vamos ganando y que ya es un hecho consumado, a lo mejor los votantes del otro se desaniman y no salen el día de la elección. A lo mejor, también, conseguimos a todos esos indecisos que de niños respondían al que va ganando, cuando les preguntaban a qué equipo le van.

Al final, lo más probable, es que los partidos teman que la encuesta sea un argumento en favor de ese ente que se ha llamado “voto útil” y que habla más de nuestras fobias que de nuestras filias. La lógica es que los acólitos de un partido votarán en desbandada por otro con tal de que un tercero no gane.

Es el argumento detrás de esos ejemplos de congruencia política que son Manuel Espino y Vicente Fox. Espino, quien alzó la mano de Peña Nieto hace unas semanas, porque sus propuestas, dijo, son más cercanas a las de su grupo; también hace noticia ésta, detenido por conducir con más alcohol del permitido en la sangre.

Fox cuando salió a llamar al “voto útil”, pidiendo a los panistas, que no lo desperdicien votando por su candidata y le den “utilidad” apoyando al puntero para que López Obrador no gane. Al señor Fox, se le escapa que su petición confirma la conspiración más manida del discurso lópezobradorista: PRI y PAN son lo mismo, ergo lo ayuda más de lo que lo perjudica. Peor aún, la lógica del “voto útil” del panista clásico sería la opuesta.

A lo mejor es un problema de autoestima o paranoia partidista. La lógica electoral invertida: las nuevas campañas: no vote por… Estamos tan acostumbrados a ir por el menos malo que de pronto parece que tiene sentido votar para que el más malo no gane. Ahora se tratará de convencer no quién es el mejor presidente para México, sino quién sería el peor.

twitter @rgarciamainou

Para El Economista, arte ideas y gente del miércoles 6 de junio del 2012

 

Notas

06/06/12 19:00

Maira Colin, una lectora en twitter, explica que la encuesta de seguimiento diario de Milenio, se hace a través de un (cito) “ejercicio en donde se diseña una muestra nacional en al que se particionan el número de casos de la muestra. Se levantan 400 casos diarios hasta completar la muestra completa nacional de 1200 casos, ese día fue el primero de la serie. Después se diseña otra muestra con los mismos criterios estadísticos y lo que se hace es que para el día 4 sustituyes los 400 casos del 1er día de levantamiento; rotas datos para medir el pulso de la opinión pública”. 

De acuerdo a Milenio.com, “La encuesta se realizó de manera personal (cara a cara) en vivienda y asistida por computadora del 3 al 5 de junio, incluyó a mil 152 personas mayores de edad que residen en la República Mexicana. El estudio cuenta con un nivel de confianza de 95 por ciento y un margen de error de +/-3 por ciento.” No se especifica mayor detalle técnico.

Aunque la muestra se diseñaran cada cuatro días, y no cada día, como se alude arriba. Los argumentos aplican igual. La aplicación de una encuesta de seguimiento diario de una campaña presidencial es inédita en México.