11 – El peor reality

En medio del furor por el caso Paulette, el miércoles pasado durante un acalorado debate en Tercer Grado, Denise Maerker invitó al público a seguir su programa Punto de partida del día siguiente, “donde haremos una reconstrucción de la investigación, como se fue dando: paso por paso”.

Punto de partida se ha convertido en uno de los programas referencia del periodismo y la libertad de expresión en México. Hace no tantos años, podíamos estar viendo en Canal 2 (antes de sus estrellas) un reportaje de 60 Minutos sobre la campaña de Barrio en Chihuahua, sólo para verlo interrumpirse por el himno nacional y el fin de la programación.

La libertad de prensa tenía una vida clandestina: la circulación de videos producidos por algo que se llamaba Canal 6 de julio. VHS que corrían con urgencia de mano a mano en los corredores de las universidades.

Para los que vivimos y recordamos cómo era ayer, el tipo de notas que presenta Maerker en su programa no dejan de sorprender.

El atractivo de sus reportajes, que van desde seguir a un grupo de chicanos a la toma de protesta de Obama, o denunciar el poblado de Jalisco donde se ha prohibido vender tortillas hechas a mano; tiene poco que ver con el morbo y mucho con quitar la capa de barniz facilón que suele cubrir la “realidad nacional” cuando se ve en televisión.

Si hace algunas semanas el reportaje sobre una presidenta municipal michoacana que ha tenido tres atentados contra su vida, o el seguimiento de la valiente familia menonita que desafió a los secuestradores en Chihuahua, eran suficientes para provocar escalofríos, el jueves pasado rebasó toda expectativa.

Inédita resultó la reconstrucción del caso Paulette: Un subprocurador del Estado de México, discutiendo cada paso de la investigación, testimonios de policías, palabras de testigos, reconstrucciones en video de cómo se tendió la cama fatal, se trató la escena del crimen, se elaboraron hipótesis. Inédito no por su mismo contenido, que seguramente será abordado con mayor profundidad en el futuro, sino por una razón fundamental.

Se trata de una investigación abierta, y este tipo de discusión detallada no suele hacerla la policía de ninguna parte del mundo. Es hasta tiempo después de finalizado el proceso legal que con distancia de por medio se analiza lo sucedido. Quizá después de tanta contradicción ventilada en los medios por el mismo procurador, no quedaba más remedio que echar luz sobre algunos puntos.

Haciendo a un lado lo anterior, el reportaje fue una apasionante documentación de procedimientos de investigación criminal (a la mexicana, eso sí) que no le pide nada a cualquier novela de género, particularmente los llamados procedurals.

El regodeo de la nota roja, nos lleva a la imagen de cómo fue descubierto el cadáver. Francamente impactante, y sin duda ilustración de aquello de como mil palabras no sirven frente a unos segundos de video. Segundos de pie en ese pequeñísimo y elusivo borde que separa el fotoperiodismo de la obscenidad.

Sin embargo, lo que realmente me quitó el sueño el pasado jueves, no tuvo que ver con el caso Paulette.

Punto de partida empezó con un video de una cámara de seguridad pública en el poblado de Creel, Chihuahua. Sin sonido, con acordes electrónicos que serían la envidia del mismo Michael Mann, el video que duraba una hora fue acortado a siete minutos.

En éstos pudimos ver cómo, un día cualquiera, muy temprano en la mañana, media docena de camionetas negras llegaban al pueblo y se estacionaban a lo largo de la carretera de acceso. De los vehículos descendieron cuarenta y cuatro sujetos armados y enmascarados, cargando fusiles y metralletas mientras el jefe, desde el asiento delantero de su SUV  los supervisa y aprovecha para darse unos toques de coca.

Los hombres armados improvisan un retén a lo lago del camino donde detienen el tráfico, bajan a sus ocupantes, golpean al conductor, y se llevan el vehículo.

Poco después, los vemos desplegarse a lo largo de un terreno amplio y rodear una casa de buen tamaño. Rompen ventanas y puertas y hacen fuego con todo su arsenal (luego sabemos que asesinan a ocho personas y hieren a una, incluyendo a las hijas pequeñas de la familia que ahí vivía). Regresan al camino, detienen un par de autos más, se suben a sus vehículos y se van.

Una hora de un verdadero reality, de absoluto terror, con cuarenta y cuatro sicarios armados, sin que una sola patrulla o convoy militar haga su aparición.

La próxima vez que uno de nuestros políticos o críticos de la nueva guerra del gobierno, hable de gobernabilidad, argumente a favor de la paz narca o simplemente enarbole el “Estado de Derecho”, habría que recetarle ese video para que se ahorre discursos y se dé un baño de realidad.

Para El Economista (Arte e ideas), miércoles 14 de abril del 2010

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