Recuerdo la primera vez que descubrí la fascinación de mi hijo por Dora la Exploradora. Como muchos padres, me senté a ver la caricatura de Nickelodeon para ver si era apropiada.
Para los que nunca han tenido el dudoso placer, el concepto de cada capítulo es similar. Algo o alguien se pierde, Dora Márquez y su valiente compañero Botas deben recobrarlo. Para ello se valen de un mapa que les dicta una misión de tres pasos. Durante el camino se toparán con aliados inesperados, misiones alternas (como encontrar zanahorias rojas para que los caballos los dejen pasar), y un enemigo enmascarado llamado “zorro” (Swiper en todos lados menos en México), al que basta decirle “no” para que parta frustrado con un doloroso “oh, rayos”.
Cada vez que un paso de la misión se cumple, un trío de insectos mariachis sale de algún sitio y toca un ringtone celebratorio con trompetas.
Ahora, lo interesante es que el dibujo de Dora está hecho de tal modo que sólo es capaz de mirar a la pantalla, buscando el ansiado contacto con el niño espectador. Le pregunta cosas, le pide que diga frases en voz alta, que le recuerde qué están buscando o a dónde van. Los niños gritan “mapa”, “zorro no te lo lleves”, “o ahí” en distintos momentos. Respondan o no, aparecerá una flecha similar al puntero de Windows en una PC, que señalará el objeto correcto y Dora aplaudirá a los pequeños por su buena memoria.
El modelo del programa, estrenado hace doce años, tuvo tanto éxito, por su simulada interacción con los pequeños, que ahora son docenas de programas que repiten la fórmula. Dora, que se transmite en una especie de versión bilingüe, por lo menos pretendía proyectar valores morales y culturales latinoamericanos.
Nickelodeon trasmite una versión casi idéntica con sabor oriental y toques de mandarín. Otras retoman la interpelación al niño como mantra. Quizá el peor sea la infame Casa de Mickey en Disney Jr, un vil refrito con mala animación computarizada utilizando los personajes copyright© de la corporación.
Un programa tras otro repiten el esquema, preguntando al niño las respuestas fáciles, invitándolo a gritarle a algún enemigo u obstáculo. Si sólo el equipo de Dora hubiera patentado la estructura, las demandas recordarían la batalla entre Apple y Microsoft por el ambiente de ventanas. Mattel (dueño de los derechos) se concentró a explotar la venta de muñecas y mercaderías.
Dora, sin darse cuenta, se volvió eso que suele llamarse un game changer. La televisión preescolar cambió para siempre.
En un giro delirante, pensemos qué sucedería si el mismo modelo invadiera, cual virus letal a la televisión para adultos. Los detectives de la nueva Ley y el Orden, nos preguntan por la pista perdida. Las series de suspenso anticiparán que el grito del espectador avise al héroe antes de que el tipo con el hacha salte desde detrás de la cortina. Los buenos actos serán recompensados, los villanos tronarán los dedos cuando no se salgan con la suya, cada paso hacia la meta, celebrado por una tonada pegajosa, en una estructura siempre obvia.
Haciendo a un lado las reflexiones sobre los valores que aprenden los niños frente a la televisión. Evito también descabelladas extrapolaciones sobre los efectos nocivos que pudieran tener en las expectativas vitales, sociales o estratégicas de individuos cuyo único oráculo moral fueran las series de Nickelodeon.
Después de ver una docena de sus cada vez más lamentables spots, resultaría por lo menos divertido que el IFE intentara valerse de la estructura de la exploradora para promover el voto, reforzar su institucionalidad, y hasta prevenir el fraude.
Podemos anticipar la campaña: credencial, campaña, día de la elección!
Personalidades de cada partido pueden asumir los roles, en parejas. Así, Beatriz Paredes (Dora) y Mario Marín (Botas); Xóchitl Gálvez (Dora) y Vicente Fox (Botas); Dolores Padierna (Dora) y Manuel Bartlett (Botas); pueden hacer una serie de spots, preguntándole (por ejemplo) al futuro votante, ¿dónde va la boleta? mientras atrás flota una urna, un basurero, una billetera. El mapache reparte despensas, dinero o se roba los votos. El votante debe gritar ¡Mapache, no te los robes! para evitar el fraude. Aunque algunos partidos tendrán problemas pues los espectadores pensarán que sus políticos son todos Swipers.
El esquema de tres puntos es tan pegajoso que puede ser importado a un nuevo COFIPE para simplificar las campañas y ser repetido en marchas y mítines por la multitud: ¿Qué queremos? Empleo, seguridad y reforma económica! What do we want? Employment, security and economic reform! (facilitando incluso la cobertura internacional de las campañas).
El cambio cultural puede ser mayúsculo, sólo pensemos al dueto Paredes/Marín buscando dónde quedó la crisis, a Padierna/Bartlett juntando despensas para que la multitud los deje pasar. Gálvez y Fox vigilan una casilla, cuando un sujeto saca varias credenciales para votar con distintos nombres y la misma foto, Fox mira a la cámara y dice abriendo los ojos: “Oh, no!”.
twitter @rgarciamainou
Para El Economista, Arte, ideas y gente del miércoles 28 de marzo del 2012