2 – Dignidad y Aritmética

El chistoso


La semana pasada fue marcada por la desproporcionada atención que merecieron las declaraciones de Ariel Gómez, diputado (ahora ex-PRD), a propósito de haberse visto obligado a ceder un día de su salario para la ayuda humanitaria en Haití. En un programa radiofónico con sentido del humor de dudoso gusto y franco color hormiga, Gómez caracterizó al pueblo haitiano de ser todos iguales: negros con cara de “abusivez”. Escandalosos encabezados lo etiquetaron como racista, y contundentes entrevistas de banqueta lo conminaron a renunciar al partido vanguardista de la liberal izquierda nacional. Los ojos del país (o más bien sus oídos) enfocados en su imbecilidad; hasta que llovió y surgió un tema verdaderamente importante.
Una hora mereció de debate en Tercer Grado, donde se valoró si lo suyo era un cinismo a la Ku klux klan, o un desafortunado intento de humor radiofónico.
Poco ayudó a su causa el que el incauto ni siquiera tuviera los dedos de frente para extender una disculpa y frente al temporal adujera una pobrísima excusa técnica que días después se ha ido tiñendo de arrepentimiento tardío. En medio del ruido, la mejor reacción de todas, no fue su hipócrita expulsión del sol azteca, o su condena pública; sino la visita de un digno delegado de la embajada de Haití, que fue a buscarlo al Congreso para devolverle, pesos y centavos, su “donativo”.

La aritmética del desastre

Más que el mal gusto del diputado Gómez, sorprende la desmesura con que nuestros noticieros televisivos y radiofónicos cubren las notas del desastre haitiano. No bastan las imágenes desoladas de lo que quedó de Puerto Príncipe, o las multitudes abarrotando puertos y campamentos de ayuda humanitaria; también hay que utilizar los números. “Más de doscientos mil muertos”, se dice que declaró Jean Max Bellerive, primer ministro de Haití, “sin contar los cuerpos bajo los escombros”. “Un millón de huérfanos”, recita apesadumbrado, Joaquín López Dóriga, en su noticiero nocturno.
La severidad del número me deja mudo. No hay palabras para contabilizar el desastre.
Pero algo no cuadra: ¿quién verifica esos boletines de prensa antes de decirlos al aire? No se trata de realizar cuentas mórbidas ni pedir un censo preciso, pero ¿un millón?
Doscientos mil muertos no pueden producir un millón de huérfanos, a menos que cada uno de los fallecidos fuera viudo(a) y tuviera en promedio cinco hijos.

Aún considerando reportes como el de la Comisión Europea que menciona una cifra inicial de 380,000 huérfanos, estaríamos hablando de 3.1 huérfanos por cada uno de los recientemente fallecidos. ¿Cómo llegaron a ese número?
No se trata de minimizar la tragedia, más bien de preguntarnos si es necesario inflar las cifras para sacudir la opinión internacional.

¿Es el mundo tan insensible a la desgracia ajena? Pensaría que no. Que lo que hemos visto en televisión y prensa, las historias del horror, o la experiencia previa del 85; bastan para mover a algunos a llorar, a donar lo que se pueda o a rezar al dios de su preferencia.
Y entonces escuchamos a diputados-locutores-idiotas–graciosos como Gómez y nos damos cuenta que ni con las cifras, ni con las fotos, ni con la desesperación mal llamada abusivez, bastan.

Para El Economista, miércoles 10 de febrero del 2010