88 – La decepción del cambio


Hace unos días, escuchaba a Vicente Fox proponer una amnistía a todo el crimen organizado: a narcos, asesinos, violadores, extorsionadores, sicarios, secuestradores, traficantes de seres humanos, polleros, policías corruptos, jueces comprados. Básicamente todo el submundo de subseres humanos que de alguna manera ha invadido los encabezados de los diarios y noticieros de nuestro país.

Fox, que ya había dicho un disparate semejante el día después del incendio en el Casino Royale, lo hace con una expresión seria, conjurando la gravedad que merece la ocasión. Esta vez, sin embargo, añadió que su planeada amnistía era similar a la que se había ofrecido en el proceso de paz en El Salvador, o frente a la guerrilla zapatista; equiparando dichos movimientos, por más cuestionables que nos pudieran parecer, con los intereses de los zetas, o alguno de los cárteles regionales del país.

La imagen del ex presidente y su discurso de capitulación frente a la violencia, me remitió a aquel desbordado de esperanza que pronunció desde uno de los balcones del hotel donde vivió durante su campaña. Tarde, en la noche en que Zedillo se anticipó a cualquier maniobra y dejó que el de las botas se valiera del llamado voto útil para “sacar al PRI de Los Pinos”, montado en la esperanza de millones de mexicanos. El gobierno del cambio había llegado.

Esa imagen me remitió a otra, al emotivo discurso del yes we can de Barack Obama en Chicago, ese en que Oprah lloraba abrazada del señor de enfrente, mientras millones de estadounidenses pensaban que después de doce años de la administración Bush, y la quiebra económica, moral y de imagen internacional de su país, era hora de cambiar.

El yes we can de Obama, junto al sí se puede de Fox. Y pensar en las similitudes entre la esperanza que provocaba el triunfo de ambos políticos, y la inevitable decepción que luego produjeron en sus votantes.

Paradójicamente, los presidentes del cambio, fueron etiquetados así por sus propias elecciones. Fox significando el cambio de partido en el gobierno, la alternancia, aunque el cambio que tuvieran en mente sus electores fuera mucho más lejos de lo que el propio Fox era capaz de realizar. Obama significando el cambio de partido en el gobierno y el de raza del presidente. Aunque su discurso, sus libros y temperamento elevaran la expectativa de sus electores mucho más lejos de lo que el propio Obama era capaz de realizar.

Se puede argumentar que ambos presidentes se estrellaron de frente con un Congreso insensible a sus ideas y propuestas. Que Fox se equivocó al devolver el poder que el legislativo nunca tuvo en la era del PRI. Que Obama se equivocó al rodear su equipo con el mismo grupo de poder financiero, de Wall Street, que había tenido Bush. Que ambos se equivocaron en los diagnósticos de su país, que gastaron sus cartuchos en batallas pírricas y llegaron sin fuerza a los problemas más complicados.

¿Se equivocó el electorado? ¿Era preferible votar por el status quo que representaban los candidatos Labastida y McCain, respectivamente?

No cabe duda que las expectativas eran demasiado altas. No importa si las fantochadas de Fox de resolver los problemas nacionales en minutos, fueran distintas a las prevenciones de Obama, quién anticipó que la batalla sería dura y tomaría tiempo. Da igual.

Para el electorado, para esa masa de votantes que ni entiende ni quiere entender las complejidades burocráticas, políticas y electorales de la vida pública; para ese votante que piensa, quizá ingenuamente, que ese sí se puede, y ese yes we can, significaban que sus problemas económicos, sus broncas familiares, sus pocas perspectivas de futuro, sus sueños frustrados, su dinero que no alcanza, las deudas que ahogan; llegarían a su fin; que sus hijos tendrán un mejor país para vivir.

Para ellos, no hay pero que valga. Esperaban todo, aunque la expectativa fuera un tanto irracional, y era casi inevitable que fueran los primeros decepcionados.

Luego están los demás. Los que leyeron los libros, escucharon las entrevistas, ponderaron las propuestas, y en algún momento se dejaron convencer, pensando que la  suya era una decisión racional. Que daban un voto de confianza más que el voto electoral. Podrían considerarse los electores ilustrados, quizá. Los más cercanos al círculo rojo, a los diarios, las noticias, el análisis político. Los que les gustaría pensar que son cínicos, escépticos y curtidos frente a la realidad, pero que igual derraman una lagrimita frente al discurso de Obama, frente a la alegre celebración en buena parte del país (uno o el otro). Y es que había llegado la hora de la verdad, el parteaguas en que la nación, y con ella nuestras vidas y el futuro, enderezarían el rumbo. Lo más curioso es que, ilustración o no, estos votantes resultaran frente a la ilusión y la esperanza, tan ciegos como los otros.

Al final puede que el cambio sea capaz de invocar el número de votos necesario, pero las figuras que se montan en él, como Fox, como Obama, siempre decepcionarán. Durante su gobierno, cuando el peso de los respectivos sistemas vaya aplastando sus promesas, dejándolas en polvo pragmático y democrático. Y después de su gobierno, porque su rostro siempre será la imagen de la desilusión, del incumplido y borroso futuro que ya no fue.

twitter @rgarciamainou

 

Para El Economista, Arte ideas y gente, del miércoles 26 de octubre del 2011

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