54 – Redes viscerales

En una extraña semana, todos pasamos de ser Aristegui a ser egipcios. Si la situación sigue así, la próxima semana seremos iraníes o tamaulipecos. Todos. Mutantes. Esperando el momento de solidaridad suprema para fundir nuestra identidad con el colectivo nunca más presente que ahora, en las redes sociales.

Nadie parece entenderlo mejor que René Bejarano, Fernández Noroña y Porfirio Muñoz Ledo, tres de nuestros políticos más célebres, que recién declararon que México debe seguir el ejemplo egipcio y convocar a una enorme revolución que lleve a la caída de nuestro gobierno de opresión y prácticas faraónicas.

Ese gobierno que acaba de declarar que las colegiaturas serán deducibles de impuestos desde preescolar hasta bachillerato. Lo que garantiza que por fin hay un incentivo para que los que pagan impuestos y sus familias (directas) terminen la prepa.

La universidad y los posgrados son otro boleto, esa que la paguen los que tienen con qué. Lo que se necesita es profesionales técnicos para la maquila, podría decir la letra chiquita del memo.

La medida fue tomada con singular desazón por algunos analistas que acusaron que sólo beneficiaba a la clase media. Andrés Lajous argumentó que en vista de que el 20% de la población con mayor ingreso paga el 82% del costo educativo privado, es un mal uso de los recursos públicos beneficiar a estas aproximadamente veinte millones de personas con el “subsidio” (fiscal). “Mejor sería pensar en lo que beneficia a más gente”.

La deducción es por el mismo monto que se gasta el gobierno en educar a un niño o joven en la escuela pública. Lo que significa, en pocas palabras, que en vista de que el estado se ahorra la educación de calidad de nuestros hijos, que de todas maneras no tiene capacidad de proveer ahora, nos ofrece que también nos ahorremos el mismo monto en nuestro impuesto sobre la renta.

La medida no es un regalo para los ricos. Esa manera de pensar es tan absurda como suponer que en México hay veinte millones de ricos. Es para toda esa gente que cae en esa categoría elástica e incluyente llamada clasemedieros. Familias que básicamente trabajan para pagar renta y colegiaturas tendrán la oportunidad de recuperar poco menos de 13 mil pesos anuales por cada hijo en primaria.

Claro que para conseguirlo son requisitos. Que alguien en la familia pague impuestos. Que tenga algo que deducir. Que el que va a la escuela no tenga ingresos propios mayores a una cifra x. Que pague la colegiatura con cheque o transferencia. Que la escuela, entre todas las que escamotean al fisco con tratos en efectivo, entregue el comprobante correspondiente. El estado se asegura de que contribuyente y escuela sean formales (económicamente), y que el dinero pase por un banco, con su consabido IDE y comisiones.

No falta el cibernauta comprometido que lleva a todos lados su foto de la escuela más paupérrima de Chiapas para exhibirla como un ejemplo del atropello que significa para la sociedad el que se subsidien cosas como las colegiaturas cuando hay niños (miles de niños) que asisten a clases en tejabanes de lámina expuestos a los elementos: los de la naturaleza y los del sindicato de maestros. ¿Tiene razón?

Si todas las políticas públicas se midieran contra fotografías de nuestras miserias, la única política pública válida sería el combate a la pobreza, y el resto de los mexicanos y sus problemas tendría que esperar su turno.

Es como si los que pueden pagar colegiaturas debieran redistribuir su ingreso desmedido al resto de la población. La escuela privada que es un lujo en otros países, y una necesidad en el nuestro, tiene la primera, pequeña, reivindicación económica para familias que invierten en la educación con la esperanza de que en el futuro tendrán mejores oportunidades. En palabras de Luis Rubio y Luis de la Calle: mayor movilidad social.

Lo más curioso es que estos azotes, como los llama Gabriela Warkentin, parecen ser el signo de nuestros tiempos. Las almas sufridas que se desgarran las vestiduras porque corrieron a Carmen Aristegui, porque el gobierno pasa legislación que beneficia nada más a veinte millones de personas, porque hay mucha violencia en las calles, porque no se celebró el bicentenario como se debía, o la razón que quieran; son las mismas que se quejarían por lo contrario.

Su rol es de oposición, de llevar la contra, contra lo que sea. Son los que porque sí, sí, y porque no, también. Quieren sentirse los chicos rudos del barrio cibernético, que con orgullo tuitean “vamos a trollear–jejeje”, pero en realidad son los bebés del mundo virtual, echando trompetillas a todo lo que les pasa por delante.

Quizá por ello sorprenda más descubrir que a la presidencia le importa mucho lo que piensan y digan, y está siempre dispuesta a corregir el rumbo, emitir comunicados, aclaraciones y desmentidos, que de todos modos serán despachados con una sonora trompetilla.

Estas huestes sufridas, listas para emblematizarse en la lucha colectiva, también son las más dispuestas a jugar el juego de la hipersensibilidad por lo que dicen los demás. Los del discurso tolerante hacia sus ideas y verdades, e intolerante hacia los intolerantes que no piensan como ellos. Son los que abren el debate para luego callar a insultos a los que discrepan. Los que exigen libertad de expresión pero callan al congreso con tal de expresarse con lonas y mentadas de madre. Los que demandan su derecho a preguntar, pero no a ser preguntados. Los que piden igualdad para todos, pero que mueran los ricos, los empresarios y los neoliberales. Los que exigen legalidad, pero violan la ley en protesta porque no hay las condiciones para respetarla.

Los últimos días dejan ver que no sólo los mexicanos somos así. En un nuevo récord de nuestra política exterior, nos hemos enemistado con dos países europeos en lo que va del mes del amor y la amistad. Primero con los ingleses por su sentido del humor ácido, mal gusto culinario y automotriz. Ahora es con los franceses. Pero como dijo el niño: ellos empezaron.

Basta un presidente con baja popularidad para complicar el escenario. Y no me refiero a Calderón. Sarkozy decide envolverse en la tricolor francesa, con su libertad, igualdad y fraternidad; y declarar que dedica el año de México en Francia a Florence Cassez. Joven, guapa y sentenciada en México por secuestro y que los galos querían se liberara por su linda diplomática cara. Poco falta para que los franceses reciten nous sommes tous Florence Cassez.

El caso de Cassez puede tener sus asegunes. Un procurador con vocación de realizador televisivo que quería montar su propio Rescate 911, una serie de versiones encontradas (como cualquier expediente judicial mexicano), cortes que ratifican la sentencia, un presidente francés enamorado de las novelas románticas, un presidente mexicano con mucha confianza en sus procesos judiciales. Y aunque el horno no está para guerras de pasteles, México cancela la participación en el año de México en Francia, y los franceses que para eso se pintan solos, declaran que tendrán que celebrarlo sin (ehem) México.

Los egipcios arman una revolución y exigen democracia para ya, como si al canto de I want it all and I want it now, algún genio escondido en una lámpara saqueada al museo de El Cairo; fuera a aparecerles instituciones, padrones electorales, partidos políticos y democracia.

Nuestros vecinos del norte ensayan discursos sobre posibles invasiones para acabar con los narcos insurrectos, como son probadamente buenos para controlar insurrecciones en otros países. Mientras tanto, entre las balaceras de la semana, tres políticos más refritos que la comida mexicana según Top Gear, sugieren dinamitar las instituciones, los padrones electorales y la democracia, para crear una revolución pacífica a través de Facebook y volver a empezar de cero.

A lo mejor en el segundo intento consiguen mayorías, consenso y el poder.

Para El Economista, Arte, ideas y gente el miércoles 16 de febrero del 2011

twitter @rgarciamainou

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Ligas de interés

En El Economista Online

El invierno de nuestros azotes de Gaby Warkentin

Alberto Ruy Sánchez sobre la cancelación del año de México en Francia.

El decreto de deductibilidad de las colegiaturas.

Inegi: México en cifras.

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