El jueves pasado, la sesión de la Cámara de Diputados fue suspendida (oh, sorpresa) por un puñado de legisladores (de algún modo hay que llamarlos) que tomaron la tribuna para exhibir una lona difamando al Presidente de la república. Como violaban el flamante reglamento de la cámara, la sesión del día de suspendió. El diputado Fernández Noroña, uno de los impulsores de la lona, declaró a Milenio, que al fin “las sesiones de los jueves no tienen nada trascendente y a la mayoría (de los diputados) les urgía irse de puente”.
El acto fue condenado en forma casi unánime por los medios de comunicación, incluso por aquellos que suelen simpatizar con las causas de Noroña y compañía. No sólo por “reventar” la sesión, sino por la agresión que suponía a la figura del Ejecutivo Federal.
El viernes por la mañana, en su noticiero radiofónico en MVS radio y varias cadenas afiliadas, Carmen Aristegui cubrió el suceso y ofreció una serie de reflexiones que planteó en forma de pregunta abierta y petición formal.
El lunes, la conductora fue despedida por MVS, alegando una violación a su código de ética por dar un rumor como noticia. Como cada vez que Aristegui ha salido del medio en que trabaja: Grupo Imagen (2002), W Radio (2008) y ahora MVS, hubo múltiples reacciones, tanto en medios, como (sobre todo) en twitter.
Desde aquellos que evitaban opinar hasta no conocer todas las versiones; los que llamaban a un plantón y un veto a MVS; los que se desgarraban las vestiduras por la censura y falta de libertad de expresión en México; y los que empezaban a cuestionar precisamente la cobertura de la nota el viernes anterior.
Por supuesto que el comentario más fácil sería decir que resulta lamentable que se haya silenciado una voz importante para la pluralidad y la democracia mexicanas, como ha dicho mucha gente. Sin duda, la pluralidad se beneficia al escuchar a más voces y más puntos de vista. ¿Eso obliga a MVS a mantener a Aristegui al aire?
No voy a especular si me parece o no justificado el despido de Aristegui. Al final, MVS es una empresa privada y comercial, con sus propias políticas internas e intereses, y tendrán sus razones para cortar el vínculo con ella. Si fue efectivamente por violación a sus reglas, o por quedar bien con Los Pinos, a petición de estos o no, o por un siniestro complot para acabar con la libertad de expresión en México, no lo podemos saber ahora, y al final es un tanto irrelevante para la discusión.
Vale más la pena analizar el segmento de diez minutos donde según los defensores de Aristegui, ella sólo pregunto (inocentemente) si lo que decía la lona de Noroña era verdad o no.
“A ver por dónde le entramos al asunto” empezó Aristegui, y se refirió a la existencia de la manta: “sobre algo que de ser cierto, tendría que ser analizado de otra manera”.
A continuación Omar Aguilar, su reportero, hizo una crónica de la sesión, incluida una descripción detallada de la lona: medidas, imágenes. Una lectura completa de su contenido. Un par de clips de audio de Noroña alegando que Calderón se robó la presidencia y es corrupto, etc. Seguido de una anécdota boxística entre dos diputados, la voz de Josefina Vázquez Mota molesta, y nuevamente el reportero refiriéndose al posible [problema] del presidente Calderón. Mientras la imagen (en la transmisión de TV) era la lona a cuadro.
Hay que decir de una vez que no voy a repetir lo que alegaba la lona porque su contenido es claramente difamatorio, y la razón por la que la pusieron fue precisamente para hacerse eco en los medios. Es el mismo criterio que tendríamos que tener frente a las narcomantas.
Aristegui retoma la palabra para decir que es durísimo lo que se plantea. Después llama a poner atención en el asunto: “no es la primera vez que se habla de este tema” y se justifica “se habla mucho en las redes sociales” y “No lo podemos corroborar. No hay información específica que nosotros dispongamos, para saber si efectivamente el presidente de la república tiene o no [ese] problema.”
Esa es la cuestión del asunto. Aristegui parece olvidarse del periodismo más elemental: cuando un rumor no tiene corroboración, ni se posee información fuera del “ruido” en “redes sociales”: no deja de ser un rumor (o sea un chisme). Si realmente pensaba que el tema era serio, que merecía atención, que era de interés público saber más, debió haberlo investigado. En argot periodístico, reportearlo.
Ya he abordado en este espacio esa nefasta idea nacional de que todo mundo es culpable hasta que demuestre su inocencia. Particularmente en el ámbito mediático. Cuando se acusa a alguien, y no se tienen pruebas, no se pregunta si fulanito es culpable o no. Es tanto como señalarlo.
La libertad de expresión es un concepto muy bonito y muy manido por los periodistas y comunicadores. Pero como todos los derechos, termina donde empiezan los derechos de los demás. ¿Es la libertad de expresión un fin que justifica todos los medios?
Aristegui dice que es un “tema delicado” y repite “saber si hay ese problema o no en la persona presidencial”. Si el tema era tan delicado, ¿no debería haber investigado un poquito si había más sustento que la difamación antes de darle credibilidad?
Aristegui no investigó. Disfraza su pregunta con una falsa delicadeza, alegando que las democracias del mundo exigen a sus gobernantes estudios médicos para ver cual es su condición para tomar decisiones en nombre del interés general. Dice que “por eso, y por lo que ayer pasó (en el congreso) y por el clima en las redes sociales (lo que quiera decir eso), es que el tema merece una atención seria”.
Pero nunca lo toma con seriedad. Hace la pregunta al aire y luego dice que la propia presidencia debería dar una respuesta clara, nítida y formal al respecto. En pocas palabras, que el acusado demuestre que es inocente.
Después se detiene un poco para decir (gran corazón el suyo) que no hay nada de malo en estar enfermo, que hay tratamientos para ello, y que no debe ridiculizarse a alguien por estar enfermo, que más bien debería ser atendido.
Por supuesto que es una comunicadora experimentada, y nunca afirma que el rumor sea verdad, sólo lo repite siete veces en diez minutos con todas sus letras, reiterando su petición formal a la presidencia.
No sólo legitima el rumor, sino hace mal periodismo disfrazado de interés por el presidente, su salud y el país. ¿Quién debe ofrecer pruebas, el acusado o el acusador? Aquí, creo que sabemos la respuesta.
Estamos tan acostumbrados a los desplantes de nuestros políticos, insultando a sus rivales, y señalándolos como culpables de cualquier cantidad de cosas, que se nos olvida que lo hacen escudados por el fuero y su impunidad. Los periodistas y los medios de comunicación debemos poner la barra más alta. Y ahí coincido plenamente con la postura de José Carreño en Agenda Pública.
Cuando se trata de la fama pública de alguien, de su prestigio, de su carrera y su imagen. Se deben tener y ofrecer pruebas antes de hacer señalamientos, sean en forma de pregunta o no. No finjamos inocencia.
No me cabe duda que la voz de Aristegui pronto estará al aire en otra radiodifusora, y mientras tanto en su programa de CNN, y la pluralidad que muchos lamentan perdida se recuperará, por lo menos hasta que sea despedida de nuevo. ¿Caerá en cuenta la comunicadora que hay una gran diferencia entre hacer periodismo y vocería?
twitter @rgarciamainou
Para El Economista – Arte, ideas y gentes – miércoles 9 de febrero del 2011
Ligas de interés
El video de Aristegui: Aristegui y la manta de Noroña
Texto de Ciro Gómez Leyva sobre el asunto, publicado en Milenio.
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One Reply to “53 – Preguntas incómodas”
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