Por Mara Fernanda que nunca se mereció eso

Vamos por la vida llenos de falsas certezas. Creencias de todo tipo, desde las creadas por la ignorancia, los prejuicios o la mala información, hasta aquellas formadas con el cuidadoso trabajo de toda la vida. Esas que se van construyendo desde la infancia a partir de los dogmas de fe y los debieran ser.
Por ejemplo, creemos que porque tenemos smartphone e internet flotando en una nube invisible a nuestro alrededor, nos hemos vuelto un país moderno.
Creemos que la tecnología construye un campo de fuerza invisible a nuestro alrededor, que si algo está respaldado en un App al alcance de nuestra mano, entonces está a salvo de la interferencia nociva o incompetente de la gente que lo creó y lo opera.
Creemos que porque evitamos subirnos a un taxi con placas piratas y asientos mugrosos, y nuestro pago lo hace PayPal y nuestro trayecto va trazándose en un mapa virtual de Google, vamos seguros.
Creemos que porque tenemos ciertos derechos, que porque la ley, los derechos humanos y la lógica más elemental los definen así, la vida debe doblar sus aristas y adaptarse a nuestras definiciones.
Creemos que porque no nos pasó a nosotros ayer, ni hoy, ni la semana pasada, no nos va a pasar mañana y no está pasando en nuestra ciudad, país y mundo.
Quizá todas estas creencias se soportan en la más elemental necesidad de sanidad mental, o en una construcción de falso optimismo, pretendiendo maquillar la realidad con algo que no es.
Lo cierto es que los smartphones y el internet no hacen que México sea moderno. La tecnología es una herramienta muy eficaz pero no nos protege contra los males del mundo. Los vehículos conducidos por extraños siguen siendo eso, y la certidumbre de que el chofer que nos va a tocar esta tarde, o noche es un tipo decente que se quiere ganar unos pesos extra, no merece llamarse tal.
La igualdad escrita en papel sólo está ahí, cuando las autoridades, los medios y centenares de cabezas siguen funcionando con los dobles estándares del prejuicio.
Creemos que porque no tiene nada de malo salir, divertirse, beber, andar en vehículos públicos en la madrugada, que porque no hay nada condenable en una sociedad libre e igualitaria para quien sólo quiere pasarla bien, entonces la realidad estará de acuerdo con nosotros, y dejará de ser peligrosa.
Hoy hay docenas que declaran que borrarán un App de una red de transporte privado porque uno de sus choferes presuntamente cometió un crimen terrible.
Otros declaran que lo harán porque el incompetente encargado de comunicación social de la empresa hizo una declaración ridícula donde lamenta “el fallecimiento” de una chica que fue asesinada, posiblemente por uno de sus choferes afiliados.
Otros condenan a todas las apps, a la tecnología, a las redes de conductores, a las falsas certezas del smartphone, argumentando que México no sirve para eso, que este país es caso aparte, que es especial, que aquí no funcionan los remedios tejidos en software. Que en este país bronco lo que sirve es hacerle la parada a un Tsuru amarillo estacionado en la esquina o regresarse caminando en la oscuridad encomendándonos a la virgen de Guadalupe. Que el problema es tenerle fe a sistemas extranjeros.
Hay más preguntas que respuestas todavía en el caso que sacudió la ciudad de Puebla (y a buena parte de México) hace unos días. No sabemos cómo fue, por qué fue, qué es lo que realmente pasó.
Desconfiamos de la autoridad que investiga pero exigimos que ésta encuentre culpables y dé explicaciones satisfactorias y contundentes que nos garanticen que esto no volverá a suceder, que no nos sucederá a nosotros, aunque sospechamos que terminarán no satisfaciendo a nadie.
Y después la culpamos a ella. A la víctima. La que se lo buscó.
Elegimos culpar a las víctimas porque creemos ingenuamente así le damos sentido al mundo y alejamos el dolor de nuestra puerta.
Si la víctima es culpable por ser mujer, y bonita, e ir vestida de tal manera, por divertirse en centros nocturnos, por viajar en vehículos con muchachos alcoholizados, por tomar un Cabify a altas horas de la noche, entonces podemos creernos que estamos a salvo.
Y la verdad es que no lo estamos. Ni siquiera quienes viven dentro de sus definiciones particulares de prudencia. No están a salvo las mujeres por ser mujeres, ni las bonitas ni las feas, ni los hombres por ser hombres, ni los periodistas por llevar credencial, pluma y libreta. No están a salvo los niños, ni los ancianos, los que no salen de noche y los que se la viven en la calle. No están a salvo los que se doblan por corrupción pero tampoco los que pretenden llevar una vida honesta. No están a salvo los que piensan que nunca les va a pasar ni los que viven ahogados en el temor.
Construir un país donde estaremos a salvo, donde la tecnología mejore vidas, donde cada quién pueda ejercer en plenitud su libertad y aspiración de felicidad es una tarea que nos corresponde a todos, no nada más a las autoridades o a los empresarios. Y un primer paso está en empezar a aceptar cómo están las cosas, tomar responsabilidad de lo que podemos cambiar en nuestro entorno, y, sobre todo, quitarnos la muleta de culpar a las víctimas de lo malo que les sucede.
Es más fácil vivir con falsas certezas, pero eso no las vuelve menos falsas.
Twitter @rgarciamainou
Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 20 de septiembre del 2017
No sabes cuantas veces he peleado con mi hija para decirle que un Uber no es seguro, que no es seguro subir al carro de un extraño, y menos aún en la madrugada, aunque yo pueda seguir su ruta por mi celular. Tristemente no tenemos ninguna certeza en la vida, pero si ingenuamente no lo creyeramos, no podríamos ni salir de nuestra casa todos los días.
Muy elocuente y de ahi crea conciencia!