
Cuando un autor es tan prolífico como lo ha sido Stephen King en los cuarenta y tantos años de su carrera, y cuando su obra es considerada una de las más importantes en un género popular, no sorprende que ésta haya sido adaptada 242 veces en producciones de televisión y cine.
El sello “basada en una ___ de Stephen King”, sin embargo, fuera de la popularidad o atractivo que el nombre del rey otorga, ya no garantiza absolutamente nada. Y es que buena parte de esas 242 adaptaciones, es basura que se busca colgar de su marca para vender “horror”.

Nada más en los últimos tres meses, hemos visto desfilar tres producciones basadas en su trabajo. La primera entrega de su saga de fantasía (La Torre Oscura: El Pistolero), la serie de Netflix basada en La niebla, y la primera parte de una reinterpretación de Eso (It).
Eso ya había sido llevada a la pantalla en una dispareja y fallida miniserie de 1990, adaptada por Tommy Lee Wallace y Lawrence D. Cohen, dos veteranos del género que quisieron respetar la estructura original de la novela.
En esta, la historia transcurre en dos épocas: finales de los años cincuenta y principios de los ochenta. Capturando los horrores detrás de las míticas narrativas de “formación” de los baby boomers, a través en un grupo de niños “perdedores” que encuentra en la amistad la única manera de sobrevivir.
El club de los losers no solo debe superar las afectaciones generacionales (bullying, violencia, padres desinteresados, racismo, etc), sino también a un ente que habita la ciudad (Eso) y se manifiesta devorando a sus víctimas a través de sus mayores temores. Un ente que se lleva a los niños y ha sumido el lugar en ciclos de violencia terrible.

La miniserie intentó atenerse a esa idea en un sentido literal. Y aunque contaba con un elenco aceptable y recreaba con cierta solvencia la química que unía al inusual grupo de chamacos, también buscaba asustarnos con trucos facilones, sin entender que el horror en la página lo termina de construir el lector en la mente.
Aún así, ese mal, representado por el payaso Pennywise (Tim Curry), aterrorizó a una generación de espectadores y tuvo un seguimiento de culto más ligado al guilty pleasure que a otra cosa.
La nueva versión cayó en manos de un joven director argentino, Andrés Muschietti (que protegido por Guillermo del Toro, había dirigido Mamá). Desarrollada en un principio por Cary Fukunaga (True Detective), el Eso de Muschietti divide la historia en dos partes.
La primera película se concentra en la historia de formación del club de perdedores y ubica ésta en los años ochenta. La segunda, que se estrenará el próximo año, transcurre en época actual.
Hay algo profundamente perturbador en que este deslizamiento temporal siga funcionando sin mayores modificaciones. Perturbador porque justamente la idea detrás de Eso radica en los acontecimientos históricos que se repiten, en la historia de la violencia y el horror como un ciclo interminable donde las cosas nunca se terminan de arreglar.
El que los terrores que plagaban la vida cotidiana de los baby boomers en los años cincuenta sigan siendo vigentes para la generación x, dice mucho sobre nuestra concepción de la evolución social.
La mayor diferencia entre la versión de 1990 y la actual, sin embargo, no está en el presupuesto o en los efectos especiales, está en recuperar una de las facetas más interesantes del género de horror, la alegoría social.
Este nuevo Eso es verdaderamente la encarnación de un infierno que existe en cada rincón de la ciudad, el mal trasminado a cada persona que interactúa con los protagonistas. Es una visión desencantada e inquietante de la humanidad que funciona de muchas maneras.
Primero porque logra recrear la historia entrañable de amistad y química entre el grupo.
Segundo porque se concentra en los aspectos alegóricos y simbólicos del horror y busca encontrar su propia imaginería.
Tercero, porque en un mundo donde las primeras planas son más horribles que la imaginación desbordada de los cineastas, la película consigue asustarnos de verdad, conectando, como aspiraba King en su novela, con los temores cotidianos, irracionales y primarios de cada uno de nosotros, más allá del gore, los zombis o los monstruos que suelen poblar el género.
La cinta de Muschietti recurre, por supuesto, a los arquetipos del género de horror, pero más allá de ellos, recrea una pesadilla que no sólo es un payaso espeluznante, sino su contraparte social, oculta y podrida, detrás de las fachadas idílicas de un pueblo pintoresco de EEUU. Apunta a la equivoca creencia de que que las cosas que no queremos ver no existen, y no nos conciernen, hasta que nos muerden.
Twitter @rgarciamainou
Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 11 de octubre del 2017
Me dió miedo nada mas de leer tu columna, serà el recuerdo de cuando leí el libro hace muchos años