383 – La libertad según Han Kang

 

Entre los contados autores coreanos que se traducen de este lado del océano pacífico, ninguno ha causado mayor impacto en los últimos años que Han Kang. Kang nació en Gwangju en 1970 y es probablemente la narradora joven más reconocida de Corea del Sur. Tiene diez libros publicados entre narrativa y poesía, y ha ganado los premios literarios más importantes de su país.

Su novela La vegetariana fue editada en 2015 en inglés. Suma de la colaboración de una traductora premiada (Deborah Smith), con un repentino interés internacional por la literatura coreana que ha llevado a la traducción y publicación de muchos de sus autores. En nuestro idioma, apareció este año, bajo el sello español RATA.

La vegetariana es en realidad un híbrido genérico. En Corea se editó como tres novelas breves independientes, con nexos en común: La vegetariana, La mancha mongólica y Los árboles en llamas. Sin embargo, puede ser perfectamente leída como una novela narrada en tres partes. En un principio, el libro fue categorizado como extremo y bizarro en Corea, pero pronto fue ganando estatus de culto. La mancha mongólica ganó el premio literario Yi Sang en 2005. Afortunado pues fue precisamente una línea de la poeta Sang la que inspiró a la autora.

“Creo que los seres humanos deberían ser plantas”, escribió Sang, que reflexionaba sobre la violencia del imperialismo japonés que tuvo sometido a Corea durante la primera mitad del siglo veinte. La frase flotó en la mente de Kang desde su etapa universitaria.

La autora ha mencionado que su generación fue la primera con libertad de explorar el interior de los personajes sin presión para hacer pronunciamientos políticos. Lo paradójico es que en su narrativa, Kang, justamente encuentre, en esa exploración, la puerta para esos pronunciamientos, sean manifestaciones metafóricas o directas contra la violencia, a favor de la libertad del cuerpo, o para exhibir la imposibilidad de la inocencia en la cultura contemporánea.

La vegetariana cuenta la historia de Yeong-hye. La primera parte, es narrada por su marido, un funcionario mediocre de una empresa coreana. Para él, Yeong-hye es una mujer poco llamativa e interesante, poco más que parte del mobiliario de su domicilio conyugal. La aparente estabilidad de su vida sin aspiraciones, viene a sacudirse cuando Yeong-hye decide volverse vegetariana y vaciar el refrigerador de todo tipo de carne. Su única explicación es “tuve un sueño”. En la sociedad machista coreana, la posición de Yeong-hye es inaceptable, y pronto será claro el impacto que tiene en su familia, incluidos su iracundo y tradicionalista padre y su hermana In-hye.

Kang se vale del vegetarianismo y después de la anorexia, para simbolizar la liberación del cuerpo de Yeong-hye y por lo tanto de su espíritu, tanto de la violencia cotidiana como de los moldes brutales que construye la sociedad. Es una postura simbólica frente a un tema que le interesa, la contraposición entre la crueldad y la inocencia en los seres humanos.

La segunda parte de la novela, retoma la historia desde la perspectiva del marido de In-hye, un videoartista también sumido en la mediocridad y secretamente obsesionado con una marca de nacimiento en el cuerpo de su cuñada Yeong-hye.

La parte final, encuentra la primera voz femenina, en In-hye, que mira el deterioro de su hermana y la catástrofe que ha impactado a su familia entera con sentimientos encontrados que oscilan entre el repudio y la admiración secreta, por esos sueños, vagos y presumiblemente violentos, que han, dentro de todo, llevado a su hermana a abrazar la liberación de la crueldad, y de alguna manera de los valores y expectativas que han dado forma a la vida de In-hye.

La historia es paradójica y perturbadora, y aunque sólo conocemos a Yeong-hye por cómo la ven los demás, con breves interjecciones líricas que se refieren principalmente a la violencia inefable y nunca específica de su sueño, queda claro que en ello no hay nada gratuito. Yeong-hye fue definida mucho tiempo atrás por los demás, y sólo en su rebeldía radical, empieza a encontrarse a sí misma.

Primero la vemos desde el desprecio de su marido, después desde la admiración obsesiva fisiológica de su cuñado y finalmente a través de la mirada compasiva y desesperada de su hermana. El arco narrativo es difícil de transitar para el lector, no por la dificultad de la prosa (que no hay tal), sino por la manera en que nos sacude, seamos coreanos o no, y nos obliga a encontrar los posibles ecos en nuestras propias vidas.

En la narrativa de Kang, funcionan ambas lecturas, la literal, directa y brutal, y la simbólica, que invita a una exploración de los prejuicios sociales y psicológicos de su sociedad y nuestra época. No me atrevo a decir si lo consigue, pero sin duda es un libro que no olvidaré en mucho tiempo.

Twitter @rgarciamainou

Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 23 de agosto del 2017

 

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