381 – El dolor universal

Podría empezar tratando de definir el género del libro. Si es un texto autobiográfico, un conjunto de memorias, un diario de viaje vital o un híbrido en el más puro estilo posmoderno, pero sería un despropósito. Y es que hay libros que no caben en los cajones etiquetados que tanto gustan a los editores y a los libreros, que escapan a las definiciones simples y en esa complejidad encuentran su mayor riqueza.

Estoy hablando de Clavícula de Marta Sanz (Anagrama), el libro más reciente y, me atrevo a decir, más personal de Sanz (aunque podría uno argumentar que para un escritor todos sus libros son de alguna manera personales). Es, sin embargo, un volumen que encaja en eso que se ha dado a llamar, con precisa imprecisión (con ese término horrible): autoficción. Ejercicios de autocontemplación, donde la propia identidad se vuelve el detonador para narrar nuestra vida, los pensamientos y emociones y a través de ellos, redescubrir el mundo que nos rodea.

El detonador de Clavícula no puede ser más universal: el dolor. Al igual que en Davalú o el dolor de Rafael Argullol, un dolorcillo indeterminado hace su aparición durante un viaje. La punzada y el hormigueo pronto se convierte en “un ratoncito que cambia de tamaño y de forma dentro de su jaula. Mis costillas son una jaula de hueso y el dolor es un huevo de jilguero verde, un jilguero que se va quedando sin colorines pero no se acaba de morir. Puto jilguero. El dolor recorre mi cuerpo como un pez nadador. Nada, o, más concretamente, repta, se arrastra, raspa, oprime.”

El dolor entra en escena pero Sanz nos habla del libro que va leyendo, del viaje que realiza, de las cosas que dan salud y bienestar, y las que no. Narra el abuso de médicos incompetentes, presumiblemente bien intencionados. De innumerables estudios, análisis, y momentos de angustia. De visitas a los padres, viajes literarios, problemas económicos y padecimientos propios y ajenos.

Lo hace en fragmentos cortos, a veces líricos, a veces perturbadores, otras hilarantes. Sanz ejerce el filo de la pluma para hacerse una autopsia en vida, para escudriñar los aspectos más íntimos de su cotidianidad y hacerlo con una mirada a veces sentimental y otras irónica. Se ve a si misma como la heroína del cuento, o una quejica privilegiada, y no se anda con rodeos para explorar ambas emociones.

En medio de los apuntes, intercala un cuento breve (muy bueno), un poema en prosa (de verdad magnífico), y un pequeño y tierno intercambio de correos electrónicos con su marido, durante una gira literaria por Sudamérica.

Marta Sanz

Debo confesar que lo que más me gusta de Clavícula es justo lo que no aborda directamente al padecimiento, aunque sea matizado por éste: la visita a sus padres (“No sé disfrutar ni de la paz ni de la dulzura. Porque se acaban.”), su relación con su marido (“No es que yo no sepa estar sola. Aprendí a jugar sola y canturrear sola. Escribo. No, no es un asunto que tenga que ver con la soledad en abstracto, sino con la concreta soledad de que no sé estar sola sin él.”).

Hay largos pasajes donde se las ve con enfermeras infernales, y las provechosas sugerencias de remedios que siempre tienen los demás. Momentos narrados con un humor sardónico eficaz, pues consigue sacar provecho del doble filo del humor: la ligereza para reírse de uno mismo y pasar el mal trago, con la sonrisa que no olvida el gusto amargo que dejó en su tránsito.

Sanz se detiene incluso a discutir el propio formato del libro. Explica cómo podría haberlo construido a la manera de un thriller, para despertar el suspenso y atrapar al lector con el misterio del dolor y sus consecuencias. Después descarta la propia idea, “estas páginas no están concebidas para ser convencionalmente interesantes…son una indagación…aspiran a operar como herramientas afiladas”.

No es un libro para cualquier lector, pues en su mirada Sanz nos confronta con un espejo. Una reflexión sobre los malestares propios y la manera en que afectan e impactan a quienes nos rodean. El lector que busca perderse en páginas, para flotar hacia mundos lejanos a las propias habitaciones cerradas, podrá sentirse intranquilo cuando Sanz sacude el polvo y nos invita a pensarnos con igual honestidad. Porque Clavícula es un libro honesto y sentido, por momentos irritante y por otros conmovedor.

En propias palabras de la autora, Clavícula es la escritura como deporte de riesgo. Es un relato de lo que le ha pasado y lo que no le ha pasado, como dice en la primera línea, y ahí define su propio alcance: “La posibilidad de que no me haya pasado nada es la que más me estremece”.

Twitter @rgarciamainou

Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 9 de agosto del 2017

One Reply to “381 – El dolor universal”

Comments are closed.