380 – Adiós a Sam Shepard

La gente de aquí

se ha convertido

en la gente que finge ser

Sam Shepard

Cuando alguien como Sam Shepard muere, llueven las etiquetas. “El mejor dramaturgo de su generación”. “El actor que nunca se sintió atraído por la celebridad”. “El borrachín que fue arrestado dos veces por conducir en estado inconveniente”. “El ganador de Pulitzer”. “Un visionario del teatro estadounidense”. La definición, fuera de los obituarios que han llenado páginas de papel y virtuales, se remonta a cómo lo recordamos.

Si es el cruel Robert Rayburn de Bloodline, una de sus últimas incursiones en televisión o el heroico Chuck Yeager en The Right Stuff, la maravillosa cinta de Philip Kaufman sobre el programa espacial estadounidense (basada en un libro aún mejor de Tom Wolfe). Shepard fue siempre un actor complejo. Uno de esos rostros duros, poco dados a los excesos de expresividad, pero que consiguen dejar ver la tormenta que se revuelve detrás.

Nunca lo vi en el escenario teatral, en el ámbito en que quizá se sentía más cómodo. Pero en la pantalla contaba con el talento de dotar a sus personajes de una dureza detrás de la cual, como quien se esconde detrás de un velo, se adivina la amenaza de lo irracional. Podría haber interpretado papeles de galán, pero de alguna manera terminaba encarnando al senador corrupto, al granjero incapaz de romper con las tradiciones. Pasaba por Magnolias de acero, Baby Boom, hacía un fantasma en un Hamlet experimental y por las calles de Somalia cuando cae el halcón negro.

A Shepard lo intrigaba la violencia del mediooeste estadounidense, particularmente la que surgía de las emociones ligadas al fracaso, a la imposibilidad de encajar, un sentido que provenía, le gustaba decir, de una frontera que se había borrado sistemáticamente con la ética laboral protestante, con la culpa inherente de ganarse un país masacrando una raza nativa. Su visión única lo volvió un intérprete del lado oscuro de la familia americana, del american dream.

Shepard pasó su infancia en bases militares, hijo de un oficial, “un bebedor, un alcohólico dedicado”.

Hubo una época en que Mamá llevaba un 45

yo en una cadera

la pistola en la otra

vivía en una comunidad de mujeres

esposas de pilotos

cabañas metálicas prefabricadas

llovía constantemente

las esposas estaban inquietas

sin sus maridos

la selva estaba infestada de japoneses

que robaban la ropa de los tendederos

las mujeres disparaban a la menor provocación

a veces contra la sombra de otra mujer

a mi Mamá y a mí nos dispararon una vez

fue su mejor amiga

las balas dejaron grandes agujeros mellados

en las paredes de hojalata

más adelante encontré una calavera de japonés

junto al depósito de agua

las hormigas salían

de un agujero de bala

justo en la sien.

Cuando se habla del Shepard escritor, se suele enumerar su dramaturgia, después de todo al llegar a la cuarentena, sus obras eran las segundas más montadas después de Tennessee Williams. Pero también fue un consumado del guión cinematográfico, (género que en algunos círculos, no me explicó por qué, se sigue viendo por debajo de la dramaturgia). Aunque entre la docena de guiones y adaptaciones teatrales destaque principalmente uno, esa obra maestra de Wim Wenders, Paris Texas (escrito junto a a LM Kit Carson).

No sorprende que el autor del memorable conjunto de textos que es Crónicas de motel (Anagrama Compactos), haya vivido buena parte de su vida en el camino, y en éste construyera parte de su leyenda personal, que tuviera una relación y dos hijos con Jessica Lange por veintiséis años, que su mejor época creativa fueran los años ochenta, que tuviera amoríos con Patti Smith y Joni Mitchell, que saliera de gira con Bob Dylan, que cultivara amistad con Allen Ginsberg y los Stones.

Shepard cuestionaba la propia noción de identidad como la entendía el estadounidense, la que proviene de la familia, del hogar, del éxito material y de la individualidad misma. Incluso la idea romántica del amor.

Uno piensa en Shepard y recuerda el actor, el dramaturgo y el personaje en que se convierte todo aquel que navega la prensa de la fama por demasiado tiempo. Pero a mí me viene a la mente el poeta, desencantado, insomne, oscuro.

Hombres peinándose en su coche

Hombres mirándose el pelo en el retrovisor

Hombres con grandes peines negros en el bolsillo de atrás

Hombres preocupados por cómo los ven las Mujeres

Hombres que se convierten en anuncios de Hombre

Mujeres calzadas con botas que las obligan a cojear.

Mujeres cuidando que sus ojos no se crucen los ojos de los Hombres.

Mujeres preocupadas por cómo las ven los Hombres.

Mujeres que se convierten en anuncios de Mujer.

La escritura para él era apenas “una respuesta para toda la soledad a la que no puede responderse de ninguna otra manera”.

Sam Shepard murió al los 73 años, el pasado 27 de julio, por complicaciones de una enfermedad neuronal (conocida como la enfermedad de Lou Gehrig).

Twitter @rgarciamainou

Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 2 de agosto del 2017

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