
Las elecciones estadounidenses, como las de muchos países (el nuestro gracias a ese engendro político y lingüístico llamado spotización), se gestan en las pantallas del televisor. En el caso de EEUU es palpable en sus debates, entrevistas y visitas de candidatos a talk shows o programas de variedades como SNL.
La gesta electoral se vive desde las primarias, el proceso interno de los dos partidos (Republicano o GOP y Demócrata) que dura desde febrero hasta junio de este año. Ahí se realizan votaciones parciales por Estado, concluyendo con las convenciones de los partidos en julio y la nominación de quien será su candidato a la presidencia para la elección del 8 de noviembre.
La estructura y formato de su proceso electoral es tan distinto al mexicano, que a veces se vuelve un tanto confuso de seguir y entender. Especialmente con una cobertura mediática internacional que poco hace para desentrañar sus misterios.
El esquema de las primarias es similar al del día de la elección, excepto que durante estas, los precandidatos (allá se llaman candidatos desde el principio ) compiten entre sí, votación tras votación, durante meses. Simplificando en proceso, podría describirse así: cada Estado, de acuerdo a su población, tiene un número determinado de delegados. De acuerdo a la votación en la primaria, cada candidato se apunta un número de esos delegados, que votarán a su vez por él, en la convención nacional.
Durante las primarias, hay candidatos con tan pocos votos, que sus campañas se van diluyendo hasta que se retiran o abrazan la candidatura de alguno de sus adversarios. Eso permite que aquellos con mejores votaciones vayan consiguiendo más dinero para proseguir su campaña, y quienes sólo estaban buscando sus cinco minutos o probando las aguas, se retiren a tiempo. Hay Estados que por su número de delegados sirven como termómetro para medir el resultado de la elección (Ohio, Florida). Al día de hoy, si hiciéramos un corte parcial, el candidato republicano más probable será Donald Trump, mientras que el demócrata será Hilary Clinton.
El proceso en EEUU está tan mediatizado que no sorprende que la atmósfera política consiga permear también el otro lado del espectro televisivo: las series de ficción.

La cuarta temporada de House of Cards en Netflix al igual que su contraparte en tele abierta: Scandal concentran el arco narrativo de sus personajes en la elección presidencial.
En ninguna de las dos series está Barack Obama en el poder. En la primera es Frank Underwood (Kevin Spacey), el maquiavélico congresista, quién se hizo con el poder y ahora debe sobrevivir una pedregosa elección primaria para continuar su mandato.
En Scandal el presidente republicano Fitzgerald Grant (Tony Goldwyn) está en el último periodo de su gestión, por lo que la disputa se celebra entre tres: Su ex mujer Mellie (Bellamy Young), su vicepresidenta y Hollis Doyle, un petrolero tejano, escandaloso y cínico, modelado a partir de Trump. En el bando demócrata, un senador se propone ser el primer presidente afroamericano, frente a un gobernador de origen latino.
Ambas series funcionan en tono satírico: House of cards quisiera ejemplificar un acercamiento más serio a la política real, mientras que Scandal es un circo mediático de vueltas de tuerca, revelaciones vergonzosas y diálogos mordaces. Paradójicamente la primera se toma a sí misma demasiado en serio, lo que hace más palpables sus defectos.

En las elecciones vistas por la TV de ficción siempre hay un escándalo revelador, una conspiración, un cambio de candidato o secreto inconfesable que dará vuelta de último minuto a la preferencia de los veleidosos votantes. Ambas series juegan esas cartas con la severidad que amerita la caza por el poder, apostando a su fuerza dramática como acelerador no tanto de sus votantes ficticios como de sus ratings respectivos.
Al inicio de la temporada de House of Cards, la crisis matrimonial de los Underwood parece minar la propia elección hacia un plan tan descabellado como inverosímil. Curiosamente, es el ruidoso Scandal el que más refleja, incluyendo sus gestos autoparódicos, la atmósfera de la campaña electoral real.
Es posible que debamos a Hilary Clinton (y a su indiscutible valor dramático) el que la esposa de un presidente busque la Casa Blanca. El fenómeno se ha dado en Argentina, pero en los EEUU sólo aparece en melodramas televisivos. En la tele, las primeras damas suelen buscar el cargo cuando sus maridos todavía calientan el asiento. En la realidad los tiempos y el machismo político son muy distintos. Valga el ejemplo: Bill Clinton fue presidente entre 1993 y 2001, y su esposa apenas busca, por segunda ocasión, la nominación como candidato.
Twitter @rgarciamainou
Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 30 de marzo del 2016
Y las de Scandal están más entretenidas ahora que entro el referente a Trump
Muy claro
RT