En el mundo moderno de los negocios, es inútil ser un pensador original y creativo
a menos que seas capaz de vender lo que creas.
David Ogilvy
Lectura auditada

Hace algunos meses, una nueva política de Amazon provocó inquietud en la industria editorial. El gigante del comercio online, dejaría de pagar regalías a los autores por cada descarga de uno de sus libros de la biblioteca Kindle, y les pagaría, en vez, por cada página leída por sus usuarios/clientes/lectores. Para esos autores a los que bastaba la reputación, portada o marketing para asegurar un cheque, la medida fue una cubetada de agua fría.
Aunque la medida fue aplicada a un sector muy específico del segmento de libros electrónicos de Kindle, provocó indignación e incomodidad. El argumento de Amazon era muy pragmático, ¿por qué te voy a pagar regalías por tu libro entero, si el lector sólo leyó un tercio y lo dejó. Lo justo es que te pague un tercio de las regalías”.
Para otro sector, siempre optimista, la medida se podía volver una buena herramienta para editores y autores por igual. “Así sabrán en dónde falla el libro y podrán hacer ajustes para no perder tantos lectores en una segunda edición”. Para los que opinaban así, la literatura se volvía una suerte de taller literario infernal destinada a encontrar el libro perfecto. Bueno… el libro comercialmente perfecto: “El que se deja leer en su totalidad”.
Simon and Schuster, uno de los grandes editores neoyorkinos, está a punto de realizar un estudio en que ofrece regalar tres mil libros de sus autores prestigiados a través de iBooks si el usuario sincroniza su lectura con sus servidores. Eso les permitirá recoger datos como, velocidad de lectura promedio, o en cuántas sentadas se lee su libro. En sus palabras: que el editor entienda cómo los lectores experimentan el libro.
Pareciera de la única justificación viable detrás de estos argumentos es que se hace “porque se puede”, porque la tecnología permite estas herramientas para dar certeza, sea a los contadores o a los neoeditores. Detrás, hay la firme creencia en que esta información les permitirá sustituir las “certezas” que antes tenía el editor por su experiencia, con las “certezas” que dan los números y las ventas absolutas.
El lector/usuario/cliente/víctima, es aparentemente quien dictará el futuro de la edición, pero en realidad es el primero que ve reducida su privacidad. Poco importa si la corporación detrás de Kindle, iBooks o S&S ofrezca una política de privacidad de veinte páginas que el lector se ve obligado a aceptar sólo con descargar el libro. La verdadera intromisión está en el diálogo último que se da entre el lector y el libro, uno que hasta ahora era personal y hasta íntimo.
El futuro es que mientras leamos “donde el rey va solo:, tengamos al editor, su equipo de marketing o al mismo autor, mirándonos de vuelta desde la pantalla, estudiando nuestras reacciones, tomando notas para la próxima vez ser capaces de exprimir el último centavo posible de su “producto cultural”.
El pudor de Playboy
En una nota que parecía salida del Deforma, el New York Times reportó la decisión de Hugh Hefner de aceptar una propuesta de su editor en jefe Cory Jones para dejar de publicar fotos de mujeres desnudas en Playboy.
La revista que los “hombres leen por sus artículos” está dispuesta a comprobar si la afirmación es realmente cierta. A partir de marzo, las fotografías de mujeres desnudas, incluyendo la playmate del mes, serán sustituidas por mujeres en “poses provocativas”. O sea, Playboy se volverá Esquire, o Cosmopolitan o Harper’s Bazaar o US Weekly o cualquier otra revista de supermercado.
La circulación de la revista cayó desde la cima de su popularidad de 5.6 millones de ejemplares a 80 mil, siguiendo la suerte de todos los medios impresos. Los intentos de rediseño de un estilo editorial que ya era vetusto hace veinte años, fracasaron hasta ahora. “Lo que se pretendía lograr, ya se logró” dice Jones. Lo cierto es que cada vez es más difícil vender lo que se puede encontrar gratis con una búsqueda de dos segundos en Google.
Más aún, Playboy pretende explotar el reconocimiento de su marca, ganando acceso a las redes sociales, área hasta ahora vedada por la naturaleza de su contenido. De hecho, los mayores ingresos de la compañía son generados ahora por las regalías de su archiconocido conejito.
Detrás de la decisión, por supuesto, hay más pragmatismo comercial ligado a la nueva cara de la moral estadounidense. Una sociedad que bien o mal ha adoptado una suerte de puritanismo moral que ha transitado más de una vez de la religión a la política y ha ido poco a poco permeando las políticas públicas, lo moralmente aceptable y los contenidos mediáticos. Es la era de lo políticamente correcto, y lo recatadamente apropiado.
Ya en 2011 The Huffington Post reportaba sobre la decisión de la Suprema Corte de los EU para declarar inconstitucional la prohibición que se trató de implementar en California para prohibir la venta de videojuegos violentos a los adolescentes. El juez conservador Scalia declaró “la violencia no es parte de la obscenidad que la Constitución permite regular”. Lo cierto es que más fácil para un adolescente ver una decapitación en pantalla que un pezón. Desde Instagram hasta Facebook, es muy difícil que la fotografía de un cadáver sea “removida” por inapropiada… a menos que el muerto esté desnudo.
Twitter @rgarciamainou
Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 14 de octubre del 2015
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