278 – La conciencia en el futuro

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Es frecuente escuchar, entre algunos de sus detractores, que el cine del director ruso de culto Andrei Tarkovsky es un muy buen remedio para el insomnio. En su defensa, Roger Ebert argumentaba que cuando enfrentábamos uno de esos planos largos típicos de su cinematografía, teníamos dos opciones: “aburrirnos o usar el interludio como  oportunidad para consolidar lo que acaba de suceder y procesarlo en términos de nuestras propias reflexiones”.

Hay cine que no envejece bien, y el tiempo suele ser particularmente cruel con la ficción especulativa. Clásicos como Blade Runner son frecuentemente examinados para ver qué tantas de sus apuestas de futuro se convirtieron en realidad. Estas apuestas son a veces cuestión de dirección de arte o diseño de producción: ¿Qué marcas vemos anunciadas en el cielo de esta visión distópica del mundo? ¿Qué aparatos usa el protagonista en su vida cotidiana? O de la construcción social y económica de su versión del mundo.

HALMientras cineastas como Goddard apostaban por presentar el futuro como una realidad distópica noir donde el mañana es más parecido al ayer del cine en las locaciones de hoy (Alphaville); otros como Kubrick se debatían profundamente en que cada aspecto de su película no la remitiera de inmediato, veinte o treinta años después, a la lista de lo obsoleto. En ese sentido, el CPU de su HAL 9000 sigue siendo perfectamente viable: una habitación llena de cristales de cuarzo como almacén de sus recuerdos y redes neuronales.

El 2001 de Kubrick es frecuentemente aparejado con su casi contemporánea Solaris de Tarkovsky. Quizá porque ambas contemplan una visión existencialista del viaje del hombre en el cosmos. Para Kubrick (y en cierta medida para Arthur C. Clarke que escribió simultáneamente la novela) el hombre encuentra una evolución afuera, trascendiendo sus propias limitaciones espacio-temporales para integrarse al universo. En cambio, Tarkovsky (y en cierta medida en la novela del polaco Stanislaw Lem en que está basada su cinta) visualiza el viaje es hacia el interior, lo único que encuentra Kris Kelvin, su psicólogo protagonista, es la trampa de su propia conciencia.

Solaris inicia con una granja donde Kelvin está preparando su viaje hasta una lejana estación espacial donde suceden cosas bastante extrañas. El consejo encargado de la estación ha decidido enviar un psicólogo para ver si el problema que ha decimado la tripulación de 75 hasta dejarla en 3, tiene que ver con el aislamiento y la irracionalidad. Kelvin se despide de su padre y su tía, a los que presumiblemente no verá más.

tumblr_kzokihOBar1qamqmco1_500A Tarkovsky no le interesan los mecanismos del viaje, o decirnos dónde está el misterioso planeta. Sólo sabemos que Kelvin tiene derecho, como línea área de bajo costo, a una maleta de mano y una cajita metálica. Ahí deberá llevar todo lo que significa algo para él en el mundo. En la maleta, va un retrato de su madre y otra de su fallecida exmujer Khari. En la cajita, las cenizas de todos los documentos y fotografías que guardó en su vida, , quemados en una fogata antes de partir.

Al llegar a Solaris descubre que de los tres científicos quedan dos. También que ese planeta, conformado por un largo océano amarillo ha hecho algo con los sobrevivientes. ¿La estación está embrujada o sus tripulantes han perdido la cabeza? Uno de los científicos, el astrobiólogo Sartorius, bombardeó la superficie del planeta con radiación, y eso provocó que pronto cada uno de los tripulantes recibiera una “visita”: una materialización de sus recuerdos de la que es imposible deshacerse.

Para Kelvin, ante la aparente envidia de los otros, es Khari quien aparece. Pero lo verdaderamente interesante es que no es Khari quien se materializa en la nave, sino el recuerdo de Kelvin de Khari.

La subjetividad de la interacción humana está en el centro de la película. Si Kelvin tenía emociones encontradas frente a la verdadera Khari, de la que se separó después de amargas discusiones antes de que está falleciera por cáncer. Con esta nueva versión no tiene problema alguno. “Tienes suerte que fuera ella” le dice Snaut, “pudo visitarte cualquier otra criatura, real o imaginada, de tu mente”.

Blade RunnerLa que no está convencida de su suerte es precisamente esta nueva Khari, quien pronto es informada por los demás que no es real, sino sólo un constructo de la percepción de Kelvin. Sólo recuerda lo que Kelvin recuerda de ella. Sólo piensa lo que Kelvin pensaba que ella pensaba. Al cobrar conciencia de su impostura, Khari entra en crisis.

Si hay algo que no envejece bien en Solaris es el vestuario. El vestido de flores de la tía, la chamarra y botas del astronauta que parece recién bajado de su moto, la camisa del científico Snaut en la estación están más allá de la mirada benevolente del espectador que sabe que la película se filmó hace casi medio siglo. Los paneles llenos de botones de plástico, los casets donde los científicos guardan sus testimonios en video, provocan más ternura que rechazo.

Pero eso no importa. Porque la película no se sostiene en sus premisas futurológicas, sino en sus preguntas: ¿Qué tan real es el mundo que nos rodea? Si nuestro recuerdo de un objeto no es el objeto mismo sino nuestra percepción sensorial de haberlo tocado. Si nuestra memoria de nuestros seres más queridos no está anclada en su esencia e individualidad, sino en la manera en que los sentimos, escuchamos y pensamos. ¿Existe algo en el universo fuera de nuestra mente? La defensa del planeta Solaris está pues, en enfrentar al hombre con su última soledad, con la soledad subjetiva de su percepción y su experiencia.

Twitter: @rgarciamainou

Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 5 de agosto del 2015

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