
Ayer recordaba Kandahar, la película de 2001 del cineasta iraní Mohsen Makhmalbaf que a pesar de llevar un pretexto dramático como detonador (una mujer que busca colarse de vuelta en Afganistán para detener el suicidio de su hermana), es probablemente un documental disfrazado con un pretexto ficticio: Un retrato brutal sobre los campos de refugiados en la frontera con Irán, la violencia de los talibanes, y al final, una denuncia sobre los alcances del islamismo radical.
Se dice que el director atravesó subrepticiamente la frontera para filmar algunas escenas en un país donde hasta entonces no había registros visuales. De la película recuerdo dos escenas. En la primera, Nafas, la protagonista, debe ser atendida por un médico. Bajo las estrictas leyes del Talibán, un hombre no podía mirar directamente a una mujer que no fuera pariente suya, por lo que la consulta se realiza a través de un velo de tela y mediante un intérprete, en este caso, un niño.
–Pregúntale qué comió – dice el médico.
–¿Qué comiste? – dice el niño.
–Dile que acerque su boca al agujero en la tela – dice el médico. Y así lo repite el niño una y otra vez. El intérprete como filtro religioso, moral y hasta lingüístico entre los sexos.
Debido a la guerra, muchos de los refugiados se encuentran en estado de invalidez. Han perdido una o las dos piernas, sea por condiciones insalubres, minas, o los estigmas de huir de la guerra en el desierto. En una escena inolvidable, helicópteros de la Cruz Roja se acercan al campo de refugiados y arrojan un cargamento precioso en pequeños paracaídas. Se trata de piernas prostéticas que flotan por el aire hasta un puñado de refugiados, que en una sola pierna, y con la ayuda de muletas, corren por el desierto en medio del polvo que levantan los helicópteros, en una danza surrealista para tratar de atrapar una.
Kandahar me vino a la memoria mientras veía la excepcional Timbuktu. Cinta de Mauritania, nominada en la pasada entrega del Oscar y dirigida por Abderrahmane Sissako. Apenas el tercer largometraje del cineasta nacido en la nación africana en 1961, que pasó su infancia en Mali y estudió cine durante los años ochenta en Moscú. Después fue jurado en el Festival de Cannes, y formó parte del comité seleccionador para ingresar a una de las más importantes escuelas de cine de Francia.
La película transcurre en la mítica ciudad de Timbuktu, Mali (el sitio más mentado en nuestro país cuando se trata de hablar de un lugar remoto y exótico). La ciudad, sin embargo, es un puñado de casas de adobe, polvo y miseria, que ha sido tomada por un puñado de hombres armados que dan vueltas en camionetas pick-up Toyota poniendo reglas y ladrando órdenes en nombre de su muy particular Jihad.
Al inicio de la película, los milicianos irrumpen en una mezquita, donde son confrontados por el Imán que estaba por iniciar, con el resto del pueblo, sus oraciones a la Mecca.
–¿Qué hacen aquí, de pie, armados y con zapatos?
– Venimos a hablar de nuestra Jihad.
– La Jihad de la que hablamos aquí es la espiritual, y en esa no tienen cabida, ni los zapatos, ni las armas, ni ustedes. Les pido que se retiren – les dice (algo así). Y los hombres se van. Pero Timbuktu está bajo su mando, y pronto se prohibe que las mujeres vayan sin guantes, que se toque música en el pueblo, se fume o se juegue futbol.
Durante la noche los milicianos recorren el pueblo buscando la casa donde se escucha música. Suben y bajan por callejuelas, puentes y escaleras hasta que ubican a los transgresores. Escuchan detrás de la puerta y reportan por teléfono celular:
–Ya encontramos a los que tocan música. Están cantando alabanzas a Allah…¿los arrestamos?
No sólo los invasores han llegado con un puñado de valores extraños y conclusiones extraídas de su propia lectura del Corán, también hablan un idioma distinto que el resto de los habitantes. Sus interacciones, demandas, e imposiciones son ejercidas mediante la intervención de intérpretes.
Más tarde, uno de sus guerreros, decide que quiere casarse con una bella muchacha del pueblo y va a pedir su mano. El soldado habla en inglés, su intérprete, lo traduce al árabe, otro más al idioma local, y así la madre escucha la petición, básicamente demanda, de matrimonio.
Aparentemente, la cinta de Sissako pretende también denunciar las tropelías y contradicciones del Islam radical, ese cuyo paradigma mayor se llama hoy en día ISIS, y que ha ido invadiendo en sus fracciones radicales reductos del norte de África y el medio oriente. La película contrasta la posición ideológica oportunista de los hombres armados, con la sabiduría del Imán, la extravagancia de una hechicera haitiana que ríe, habla el francés criollo del caribe y regala amuletos a los supersticiosos soldados y los lenguajes y rituales de los pastores nómadas, mercaderes y lugareños.
Sin embargo, me queda la impresión que detrás de esos hombres armados hay tanto Islam como de ideal revolucionario en la famosa “bola” que recorría el México de inicios del siglo veinte en la famosa novela de Mariano Azuela. Una turba casi anárquica de hombres que por poseer armas y ser muchos, saquean y hacen su voluntad más como una plaga que como una fuerza redentora o moral. En el caso de Timbuktu, aparejados detrás de una retórica religiosa que ni ellos parecen creer, exprimiendo interpretaciones del texto de su Profeta con el pragmatismo de cualquier político actual elucubrando rollo ideológico frente a las cámaras.
Timbuktu también tiene un momento inolvidable; más allá de la violencia, los juicios sumarios y la triste injusticia para los niños y mujeres de esa tierra polvorienta y olvidada. En la escena, dos grupos de muchachos juegan futbol en una cancha de tierra. Ante la prohibición de los soldados, prescinden del balón. Los muchachos driblan, pasan, cabecean y defienden un balón imaginario, que rueda entre el polvo mientras el partido es un ida y vuelta de virtuosismo técnico. Los demás jugadores casi danzan al ritmo de la partida, barriéndose, haciendo un pase afortunado o cambiando de perfil antes de rematar al arco, donde el portero tiene más dificultad de la habitual, y se lanza sabiendo que su portería será vulnerada por la imaginación del equipo atacante. Y frente a ella, no hay defensa o táctica que valga.
Twitter @rgarciamainou
Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 15 de abril del 2015
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