
Es posible hablar de un libro sin conocer a su autor o su obra. Muchas veces, ese acercamiento, que es el del lector empírico (como todos fuimos alguna vez), permite valorar un libro casi objetivamente (si fuera posible tal cosa). Conocer a un autor, por otra parte, influye la manera en que nos acercamos a sus nuevas entregas. Sea porque disfrutamos lo que hemos leído de él, y eso nos provoca una feliz anticipación; o porque lo padecimos, en cuyo caso, el libro nuevo se ve como una tarea aciaga.
Sirva lo anterior para explicar que me resulta imposible acercarme a un libro de Milan Kundera en blanco. Que mi lectura siempre estará marcada por las anteriores. Quizá el mayor obstáculo que encuentra un autor con una obra como la suya, cuando trece años después del libro con el que se despedía de sus lectores (La ignorancia 2001), decide presentar una nueva propuesta, sea ese, la comparación con la obra previa.
Se ha mencionado que La fiesta de la insignificancia (Tusquets, 2014) bien puede ser el testamento literario de Kundera, lo cual es sin duda desafortunado. No porque asociemos la palabra testamento como lo que se entrega al final de la vida, sino porque se asume que en esa “última voluntad” está una suerte de clave para entender y consolidar un legado. Y el legado literario de un autor no lo define su última obra, sino el conjunto. ¿Cómo percibirá a Kundera un lector nuevo que se acerca por primera vez a su obra con esta novela?
Después de leerla me queda claro por qué Kundera decidió sumar un décimo libro a su obra. No cabe duda de que pretende cerrar un círculo iniciado con La broma en 1967. Escrita todavía en checo (sus últimos libros los escribe en francés), La broma contaba la historia de un hombre cuya vida es destruida por unas frases ingenuas y bromistas que anota en una postal a su novia. Para Kundera esa era una sentencia al tipo de gobierno y sociedad que existía en su país natal, un sitio donde todo se tomaba en serio y donde un guiño como el del protagonista tenía tintes de sedición y traición a la patria. La broma, no sobra decirlo es una obra maestra.
El libro más reciente retoma el tema de las bromas y la ligereza, del humor como clave de los momentos insignificantes de la vida, que en el fondo, nos dice Kundera, son los únicos que importan. Hay nuevamente una suerte de condena a la vida contemporánea, la era de la corrección política y los ceños fruncidos para la impertinencia. En ese sentido es como si Kundera trazara un paralelismo entre la dictadura socialista y la banalidad correcta de la sociedad francesa actual. Kundera pretende hacerlo con humor, burlándose de los iconos del socialismo (hay una serie de anécdotas alrededor de la figura de Stalin) y de los pilares culturales de la sociedad francesa.
El problema es que no funciona en absoluto.

En sus textos Kundera ha sido siempre todo, menos invisible. Decide abordar un problema filosófico, una postura metafísica o ideológica, y nos deja ver, dentro de la trama, cómo mueve los hilos, como construye los personajes, como interviene de una u otra manera para construir el argumento que pretende demostrar o ilustrar, las preguntas existenciales que quiere dejar en el lector. No le interesa desaparecer y dejarnos llegar a nuestras propias conclusiones. Es un maestro entrometido, casi didáctico y suele hacerlo muy bien.
Hay para quien este estilo, donde el autor está presente detrás de nosotros susurrando sus intenciones al oído, puede parecerle irritante. El recurso rompe con la vieja barrera que pedía al lector creérsela, no estamos inmersos en la historia, sino en sus ideas. Su lectura nos exige cierta distancia.
Esa postura nunca funciona mejor que en La insoportable levedad del ser, donde Kundera continuamente contrasta las percepciones de un personaje y otro, desde los paradigmas que cada uno tiene para leer, entender y sentir al mundo. Ya en La inmortalidad deja ver más detrás del escenario, se apunta a sí mismo como personaje, pero no como uno de esos a los que mueve a su antojo, sino como el personaje testigo, ese que los conoce a todos, quizá porque son su creación, y también como suerte de cronista de su existencia.

En la Fiesta de la insignificancia hay cuatro amigos que frecuentemente hablan y realizan bromas. También hay un quinto, conocido de ellos, que finge ser enfermo terminal sólo para que los demás se maravillen de su entereza frente a la tragedia. Uno de los amigos dialoga constantemente con su madre ausente, otro cuenta chistes sobre Stalin, y uno más se hace pasar por paquistaní cuando trabaja de mesero para una compañía de banquetes.
Queda claro que Kundera pretende no tomarse nada en serio, como parte de su argumento sobre la insignificancia, la ligereza, la vida de instantes efímeros y maravillosamente intrascendentes. El humor siempre le ha interesado, sea como motivo de una sentencia social o como catástrofe vital (pensemos en los magníficos relatos del El libro de los amores ridículos).
También le interesa exponer claramente sus ideas. Entonces nos deja mirar detrás de sus hilos de titiritero y las piezas que mueve mientras argumenta y sucede lo inevitable. Es la suerte de los chistes que se explican demasiado hasta que cualquier posible humor queda exprimido y se desvanece. Hay una línea muy tenue entre glorificar lo insignificante y caer en el abismo de lo trivial, y la novela la cruza más de una vez, lo cual no deja de ser una verdadera lástima.
Twitter @rgarciamainou
Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 1 de octubre del 2014
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