23 – Oh-o, África

Se terminó el Mundial, y algunos de nosotros sufriremos síndrome de abstinencia. Curarlo no será fácil. La pretemporada del futbol mexicano, con perdón para nuestros jugadores, federación y televisoras, será una pobre alternativa para el pasado mes en que Sudáfrica estuvo en nuestras mentes día y noche.

Las últimas semanas, mis horas perdidas se escapaban entre los noventa minutos del partido en turno, las ceremonias de los himnos, la compensación, los resúmenes, programas de análisis, etc. Sólo un breve paréntesis para las elecciones, de las cuales fue imposible sacar sino una reflexión de índole futbolera (ver columna de la semana pasada).

Para zanjar el asunto, venga la última conclusión a propósito de la más estupenda copa del mundo de los últimos años. En palabras de nuestra elocuente prensa deportiva: un mundial histórico.

¿Quién diablos eres?

La identidad personal viene a cuento, cuando la perdemos. Nuestros amigos no nos reconocen, evitamos la propia mirada en el espejo por miedo a descubrir a alguien más detrás del rostro de un extraño. Incómodos en nuestra piel, vivimos esta suerte de esquizofrenia temporal, dejando que alguien más (que al final somos nosotros mismos, claro, pero engañarse para ser otro a veces basta) lleve la batuta.

Algo así le pasó a Brasil frente a Holanda, a Alemania frente a España, y a la propia Holanda en la final. Los brasileños dejaron su juego alegre de lado y se dedicaron a reclamar al árbitro, hacer muecas de divos mimados, patear al rival y perder la cabeza. El resultado lo conocemos todos.

Cuando la arrolladora potencia alemana se enfrenta a España (viene de golear a Inglaterra y Argentina), lo que sale a la cancha, no es un halcón, sino un tímido pollito. Echado atrás, buscando contragolpear sin llevar la ventaja, lo cuál en principio es una estrategia cuestionable. Más aún si se realiza frente a un equipo egoísta como ninguno con el balón. Estrategia desastre.

En la final, Holanda sufre una combinación de ambos. En algún momento entre que el infalible pulpo Paul (chiste rápido de twitter: “primo de ostradamus”) y los medios, dieron a España como favorito, en las mentes de los naranjas se fue consolidando una idea que sobrevive en nuestros cerebros de lagartija desde las épocas del sitio de Esparta: el único remedio es combatir a muerte. Sumemos que Nigel De Jong recibió un cheque de un estudio en Hollywood para promocionar el relanzamiento del Karate Kid…

Rumor o no: se manejó que la mujer del árbitro inglés, presuntamente declaró a la confiable prensa británica, que su marido era incapaz de controlar ni a sus hijos pequeños. Cuando el marido, furioso, regrese a casa, podemos adivinar el resultado: lo que en algunos hogares implicaría divorcio, en el suyo es una tarjeta amarilla más.

Todos tenemos nuestro coco. Ese temor profundo que seguirá asomando, no obstante los sorteos, los puntajes, o eso que mal llamamos suerte. Sin no somos capaces de superarlo, seguiremos atascados en una pesadilla revolvente, donde la historia se repite, inevitable.

En el futbol es igual. México lo tiene con Argentina, Alemania, los árbitros y los penales. Estados Unidos, también. Perdió con Ghana por segundo mundial consecutivo, por el mismo marcador y en la misma instancia. Nadie se salva. Los gigantes teutones tiemblan frente a la furia española. Para Holanda es la final (en otro deporte, pensemos en los Bills de Buffalo). Para los países africanos son los penales en cuartos de final. Para Brasil, su intolerancia a la frustración.

Al final, casi todas las selecciones del mundo deberían ponerse a temblar cuando uno de sus elementos, jugador o cuerpo técnico, declara que con lo hecho han cumplido y que ahora aspiran más. Nunca se supera ese ya cumplimos, y aspirar no invoca triunfo. Pregúntenle a Uruguay.

La insatisfacción puede ser la clave, pero también la identidad. España no olvidó, ni en su derrota frente a Suiza, ni en el momento más álgido de ese partido entre rudos y técnicos que fue la final, que lo suyo es no prestar el balón, tocar en triángulos, y agobiar al rival más pintado. Por eso los demás equipos le temían a España.

¿Qué hubiera pasado si Brasil, Holanda y Alemania hubieran mantenido su identidad? Quizá hubiera triunfado España de todas maneras, pero el espectáculo, la memoria (y su dignidad profesional) hubieran sido muy distintos.

Para El Economista / Arte, ideas y gente el miércoles 14 de julio del 2010

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