
En buena se metió la FIFA al emitir su extrañamiento a la Federación Mexicana de Futbol por la expresión discriminatoria de “su público” hacia los porteros rivales.
Todos conocemos el fenómeno. Inició en Guadalajara como una especie de divertimento/trash talk pedestre para ciscar al portero rival. Ahora se convirtió en la mayor aportación mexicana al futbol internacional desde la ola.
La discusión que pone la FIFA en la agenda mediática provoca de inmediato situaciones bastante curiosas: Largos minutos al aire en los programas mundialistas donde el panel habla del tema con puntilloso cuidado en no mencionar la palabra puto. Es casi cómico verlos hacer todo tipo de alusiones y malabares lingüísticos para evitar la supuesta multa de Gobernación.
Surgen declaraciones y artículos con todo tipo de desgarre de vestiduras. Algunos en este mismo periódico donde Roy Campos equipara el grito originario de los aficionados de Jalisco, con que los franceses gritaran “negro” o los árabes “judío”.
Otras voces se suman para mostrar su profundo disgusto por el nivel decadente de la cultura, civilidad y sociedad mexicanas. Mientras en respuesta, no faltan aquellos que se regocijan repitiendo la palabra puto cada dos frases para convertir su provocación casi pueril en canon de la libertad de expresión.
El problema detrás del argumento de lenguaje discriminatorio, es similar al berenjenal en que se metió la Suprema Corte de Justicia al emitir aquella opinión hace algunos meses para intervenir en una disputa entre diarios poblanos porque un columnista llamó al director de un diario rival “puñal”.
La opinión de la SCJN fue que las expresiones maricón y puñal son “ofensivas e impertinentes” y “una categoría de los discursos de odio” y “discriminan a grupos sociales”. Una opinión sin duda compartida por la FIFA.
Eso me ll
eva a una objeción que tiene que ver con el grito mismo y el sujeto del “insulto”. Colocando el debate en la fina línea que divide discriminación de payasada. Seamos claros, si el portero no es abierta o públicamente homosexual, el grito será de mal gusto pero no es discriminatorio. Es irrelevante en su acción de despejar el balón y le afecta lo mismo que si le gritaran caca, basca, piojo, güero o nena.
¿A quién denigra el grito de puto? ¿A los porteros tildados de homosexuales, a los homosexuales tildados de porteros, a los porteros homosexuales exhibidos, a los porteros sensibles a la opinión de los demás, a los intelectuales y señoras de oídos castos, o a aquellos que privilegian la corrección política en las interacciones humanas?
Hay dos argumentos detrás de la censura a este tipo de expresiones. El primero señala que afectan la percepción de la realidad y fomentan los prejuicios y la exclusión social. Y así es con la mayoría de los insultos. Casi todos califican como variantes de discursos del odio. Categoría que, por cierto, es muy flexible dependiendo de sensibilidades e historia local.
El segundo, y es el que argumenta Campos, que detrás de ellas existe la aceptación de que ser [escriba aquí su insulto preferido] es ser “inferior”. Y que al decirle al portero “puto” se está en realidad diciendo que los “putos” son diferentes e inferiores a uno (?). No es un argumento muy coherente, tampoco convincente.
Los insultos evidencian que los seres humanos no siempre se llevan bien, son malos perdedores y cuando quieren irritar, matar el tiempo o burlarse de alguien, son capaces de hacer valer su ingenio y creatividad de maneras insólitas y muchas veces vulgares.
Lo cierto es que en los estadios, como en las arenas de box y lucha libre, suelen escucharse cosas bastante peores que gritarle puto al portero. Desde las descalificaciones entre competidores hasta los recordatorios a los ancestros, la tradición deportiva mundial va de la mano con estas expresiones. En el circo romano, sin duda alguien le habrá gritado puto al primer gladiador.
El duelo deportivo es una suerte de guerra florida, para recurrir a un referente histórico muy mexicano, implica actores dentro del campo y entre el público. Unos fingen que la derrota es la muerte, y sus fieles: indignación y desamparo. La raíz del trash talk de la tribuna no es otra que una manera de creérsela, de participar intimidando al rival, mofándose, distrayéndolo.
En la tradición inglesa el insulto deportivo es casi esgrima verbal. Basta recordar el célebre intercambio entre Rod Marsh y su rival Ian Botham en una partida de cricket:
– ¿Así que cómo están tu mujer y mis hijos?
– La mujer bien, los hijos salieron retrasados.
Por supuesto que hay una frontera muy frágil entre la provocación y la ofensa declarada. Línea que algunos pueden caminar y otros encuentran incómoda. Lo que para unos es diversión y entretenimiento, para otros es desahogo social, y para unos más, ejemplo palpable de la incivilidad que divide a los seres humanos.
Qué mejor ejemplo que las palabras dichas por el defensor italiano Materazzi al mediocampista francés Zidane durante la final del mundial de futbol de Alemania. Zidane no pudo soportarlo, le dio un cabezazo, se hizo expulsar y finalizó su gran carrera dejando a su equipo perder.
¿Importa lo que dijo Materazzi? Si le dijo terrorista, árabe, pelón o que le prestara a su hermana, nunca lo sabremos y en el fondo da igual. Lo que encendió las páginas deportivas europeas fue pensar que el insulto fuera racista o nacionalista; ese es el límite para hablar basura en Europa.
Cuando la corrección política invade la esfera pública de algunos países e instituciones, la apariencia se vuelve más problemática que el contexto. Entre atletas lo políticamente correcto se ha asentado, con multas y suspensiones para los que transgreden más allá de la bromita a costas de la mamá ajena.
No ofende el insulto mismo sino el que se diga en voz alta. La misma tribuna que una semana antes gritaba vendido y ratero al árbitro, culero al rival y chiflaba mentadas de madre hasta donde daba el aliento y la vuvuzela. ¿Y a las madres quién las defiende? Es mejor fingir que el futbol es una actividad pasiva, noble, familiar y enaltecedora de los valores humanos.
El mayor escollo para la FIFA no son los aficionados mexicanos y su idiosincracia, sino que los despejes de portería son momentos muy aburridos. Lo cual se evidenció en el duelo de México con Brasil. Cuando despejaba Ochoa, los mismos gritos se repetían desde la tribuna carioca, acaso más sonoros y con la misma carcajada primaria detrás.
La FIFA puede iniciar una enjundiosa campaña para obligar a los miles de asistentes a que se “comporten”: multando, suspendiendo o hasta eliminando a sus representativos. ¿Servirá de algo? Lo dudo. Como bien sabe el padre de cualquier niño pequeño. Celebrar o censurar su “uso lingüístico” durante las cenas con visitas es igual a fomentarlo. Mejor concentrarse en cosas más importantes, que las hay. Al público ya se le ocurrirá otra cosa.
Twitter @rgarciamainou
Para El Economista, Arte ideas y gente del miércoles 25 de junio del 2014
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Excelente!!! =o)
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Muy buena reflexión, como siempre, amigo.
No, los porteros no son putos. Eso es para que pierdan. Ni las muchachas guapas las mamás de nadie como para que les digan MAMACITA!!! Son usos y costumbres.
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Excelente tu articulo, me rei, lo disfrute muchisimo, estoy de acuerdo con lo que dices
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Puto RT
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Is it that all goalies are “putos”? Talk on the issue. [ESP] http://t.co/bQqEtBmCAu
Puto tiene muchos significados. UNO de ellos es homosexual, pero todos los demás – cobarde, desconsiderado, etcétera – hablan de una actitud ante la vida, no ante la cama. Escuchar una palabra y quedarse sólo con la definición más ofensiva es una falacia que los gringos conocen como Chrry Picking: No ver “el todo”, sino sólo la parte que señalas, aunque el todo contradiga tu punto.
Además, si vamos a la raíz de las palabras, no podríamos usar casi ni una. “Pinche”, por ejemplo, antes era “ayudante de cocinero” y se convirtió en ofensa porque los pinches eran empleados de muy baja categoría. ¿Debería prohibirse “pinche” también? ¿Y TODAS las palabras que alguna vez se refirieron sólo a un grupo aunque hoy ya no lo hagan?
Seamos claros. Lo que se deben censurar son las ACTITUDES, no las palabras. Y desearle el fracaso al portero del contrario no es una actitud homofóbica.
Totalmente de acuerdo, Roko.
Más aún, no creo que la porra grite al portero: desconsiderado, cobarde, promiscuo, u otros sinónimos que quieras. Le grita eso porque es insulto, transgresor y más divertido, pero no creo que sea homofóbico ni discriminador.
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Muy bueno primo saludos
Me pareció muy buena tu columna Ricardo y otros análisis que haces sobre el futbol, un abrazo.
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Me gusto tu texto, yo he gritado y disfrutado en el estadio la dinámica de gritarlo… y opino q la FIFA teme la organización, te imaginas… todos atentos a un momento preciso, todos haciendo algo que nadie les pidió… uyyy ¡qué miedo! jajajaja
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Mencionaste de refilón a los niños y me parece que a partir de su bienestar es que debemos decidir si se debe o no gritar insultos, es decir, yo le pediría al Piojo que le trate de explicar a un niño ese grito, cómo decirle que es un juego nada más, que está permitido dentro del estadio pero nunca fuera, que jamás lo haga en casa y menos en la escuela. Los estadios están llenos de niños y presenciar estos comportamientos adultos contradictorios de violencia verbal pueden ser la semilla de actos más graves de tipo discriminatorio que deriven incluso en agresiones físicas. Saludos =)
Así es, mi querido Gustavo. Y es un dilema que existe desde hace tiempo (y que vivo en casa), porque la gran mayoría del comportamiento en los estadios nos mete en ese tipo de bretes. Y no sólo por la tontería esta de mal gusto de gritar “putos”, sino arrojar cerveza, insultar al árbitro o al jugador que te plazca como si a base de gritos le quitáramos capacidad de derrotar a nuestro equipo. Las declaraciones del piojo fueron mesuradas, viendo la virulencia de los defensores del “putos” y la apesadumbrada o políticamente correcta pose de los opositores, no lo culpo.
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