201 – La celebración del asesinato

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“Gracias por ejecutarme y mandarme al cielo”, dice un hombre sonriente mientras cuelga una medalla al cuello de Anwar Congo. Congo viste una túnica negra, detrás cae una cascada y una docena de modelos bailan al son de una melodía melosa.

No se trata de una comedia negra, a la usanza macabra de Hollywood, sino de la película que Congo y sus colegas filman a sugerencia del documentalista Joshua Oppenheimer. Un testimonio de los asesinatos cometidos después del golpe militar de 1965 en Indonesia por escuadras de la muerte y el grupo paramilitar de Pancasila Youth.

Aunque hayamos escuchado mil veces aquello de “la historia la escriben los vencedores”, nada nos prepara para este viaje a una realidad que sacude nuestras expectativas más profundas, no sólo de justicia social, sino de lo que consideramos la más elemental humanidad.

the-act-of-killing-TAOK_AnwarBehindCamera_rgbDespués del mencionado golpe de estado militar, en Indonesia se ejecutaron entre uno y dos millones de personas. Una limpieza étnica y política donde se eliminaba a los chinos y a “los comunistas”. Para ello el nuevo gobierno dio carta libre a grupos de autonombrados gángsters, que en la definición local significa: “hombres libres”.

En la mayoría de los países un suceso así hubiera dejado cicatrices imborrables en el tejido social que hubieran llevado, años más tarde, a una búsqueda de justicia, confrontación con los sucesos buscando una eventual reconciliación. En Indonesia no.

Ahí, los asesinos de esos años son los héroes de hoy, celebrados por el gobierno y los medios, mirados con reverencia y pavor por la población civil. El grupo Pancasila Youth, un ejército paramilitar de uniformes color naranja, fue uno de los responsables de la masacre y hoy suma tres millones de miembros (superando al ejército indonesio diez veces en número).

En un documental que tomó ocho años filmar, Oppenheimer se acerca a algunos de los líderes de esos gángsters [sic] y les propone hacer una película, donde ellos elijan los actores, el tono y las situaciones, para que narren su versión de los hechos. La versión de los ganadores.

Congo y sus cuatesEsto de sí ya es inusual, pues la narrativa del genocidio y la búsqueda de justicia y destape de secretos, ha sido tradicionalmente una labor empujada por las víctimas y ocultada con vergüenza por los victimarios. En el caso Indonesio las víctimas fueron exterminadas, y los victimarios no sólo están en el poder, sino que han vuelto parte de su discurso la narración casi épica de los crímenes.

Quizá por ello, la perspectiva de Oppenheimer sea tan brillante. Consigue un grado de confianza insólito con los sujetos, mientras planean su película, mientras intentan a convencer a temerosos habitantes de la ciudad a que participen haciendo de “víctimas”, mientras ruedan sus delirantes versiones de lo sucedido y finalmente mientras registra sus reacciones y reflexiones frente al resultado.

Es imposible mirar The Act of Killing de Oppenheimer (uno de los documentales nominados al Oscar este año) sin sentir tanta indignación como perplejidad. La película se centra, principalmente en Anwar Congo, un viejo, responsable personalmente, según sus cuentas, de más de mil asesinatos. Algunos de los cuales “le quitan el sueño”.

Los Pancasila Youth preparando una masacre simuladaVer a Congo y sus compinches comentando cómo fueron puliendo sus métodos de asesinato inspirándose en películas de Hollywood es escalofriante: “Los Brando y los Pacino nos inspiraron a mejorar nuestra técnica”, explica Congo mientras muestra a la cámara cómo usar un alambre para estrangular a uno de los extras de su película, “antes los matábamos a palos, pero ensuciaban demasiado por la cantidad de sangre”.

La película no muestra violencia y no lo necesita. Es el tono desenfadado, anecdótico, frío y celebratorio de los asesinos el que nos deja pasmados. La desconexión con las emociones y compasión humanas.

Imposible saber qué les dijo Oppenheimer para conseguir tal nivel de acceso, pero frente a él, figuras del gobierno del país (el vicepresidente y algunos ministros), líderes paramilitares y candidatos al congreso, exhiben no sólo la corrupción absoluta de una sociedad podrida, sino una donde los valores que solemos considerar como elementales han desaparecido.

En una secuencia magnífica, un candidato al congreso explica a la cámara cómo conseguir buen dinero extorsionando comercios, mientras la gente en la calle le exige dinero o regalos por su voto. Tiene poco presupuesto, y la promesa de recompensarlos una vez llegue al poder, no parece convincente.

The_Act_of_Killing__427992aMientras compañeros de Congo hablan de haber matado a miles sin remordimiento alguno, porque ganamos y nadie nos ha castigado por ello; el propio Congo va sufriendo una transformación durante la cinta que pasa de hablar sobre karma o regodearse mientras se maquilla como una de sus víctimas para una escena de pastiche noir.

Oppenheimer no interviene, no sale a cuadro, apenas hace alguna pregunta. Su sobriedad e inteligencia son asombrosas. Nunca hace un juicio moral, etiqueta o condena. No hace falta. En una escena clave, Congo, después de hacer de víctima, afirma que ya sabe lo que sintieron aquellos a los que mató. Oppenheimer le replica, detrás de cámaras: “para ellos fue peor”. Congo parece no entender: ¿Por qué, Joshua?. “Porque esto es una película y ellos sabían de verdad que iban a morir”, le responde el director, minutos antes del magnífico final.

El sueño de los sicariosEl documental lo producen Errol Morris y Werner Herzog, y para quién fuera capaz de no tomar en serio el riesgo corrido por los participantes, basta echar un vistazo a los créditos de la película, donde desfilan una cincuentena de anonymous. Oppenheimer parece tener muy claro la delgada línea entre la racionalidad y la veleidad de sus protagonistas y filma como si fuera capaz de hacerse invisible. Es tan patente la atmósfera de heroísmo (acá lo llamaríamos impunidad) que priva en la Sumatra de la película, que las declaraciones de los protagonistas apenas les suponen una preocupación. Al contrario, son motivo de orgullo.

Si nuestra primera reacción es la incredulidad, la película se encarga de irla borrando junto a nuestras certezas. The act of killing es un documental tan imprescindible como inolvidable, de esos que nos cambian la vida. No sólo porque no seremos capaces de ver cine de igual manera, sino porque me temo que tampoco seremos capaces de ver y pensar igual en la raza humana.

Twitter @rgarciamainou

Para El Economista, Arte Ideas y Gente del miércoles 12 de febrero del 2014

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